Los hombres y las mujeres de dios son inconfundibles

Escribía así San Pedro Poveda: “Los hombres de Dios y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos” (Pedro Poveda: 22-23 abril 1925. Cartas, Madrid, 1952, pág. 174). Esos frutos santos son los que quisiera que todos los que habéis salido a realizar ese proyecto de “Construir la nueva ciudad” y, por tanto, a ser “constructores de la nueva ciudad” dieseis. Pero ¿cómo hacer posible que nos reconozcan por dar frutos santos? Os invito a quienes estáis haciendo esa experiencia, y a todos los cristianos también, a realizar estas tareas:

1º) Vivir apasionadamente por dar a conocer al Dios cristiano, que se nos ha revelado en Jesucristo, que capacita y da al ser humano lo que necesita para construir la gran familia de Dios, que lo es de hermanos. Es el deseo expresado por Jesús cuando ascendía al cielo y dejaba aquí en la tierra a la Iglesia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 18-20a). Y es que ésta tiene que ser la pasión de los discípulos del Señor, de toda su Iglesia: penetrar en las entrañas del mundo para hacer discípulos, convencidos de que así seremos capaces de hacer verdad esa página del Evangelio que se nos entregaba este Domingo y en la que el Señor, a través de una parábola, nos urgía a ser “sembradores de buena semilla” en el “campo” que es el mundo entero. “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo” (cf. Mt 13, 24-43). Es esto lo que debe centrar la vida entera de un discípulo, así como el modo y la manera en que debemos entrar en la misión que nos propone Jesucristo. Concentra todo tu quehacer en la pasión por dar a conocer el verdadero rostro de Dios. Tienes que hacerlo de una manera original. Por eso, entra en la clave de la teología cristiana que es Jesucristo mismo y hazlo en la vida histórica concreta.

Ha habido hombres en la historia que son maestros en ese dar a conocer el verdadero rostro de Dios. ¿Dónde conocemos el rostro de Dios? Hay que conocerlo contemplando la Persona de Cristo. La realidad de Dios recibe en Jesucristo un rostro histórico concreto y visible. Jesús es la presencia de Dios en persona. Es más, es la presencia del verdadero rostro del hombre también. Conocer a Dios supone saber que Él es el camino hacia el Padre (cf. Jn 14, 6). Más aún, que quien le ve a Él, ve al Padre (cf. Jn 14, 9). El Dios que fue esperado por el Pueblo de Israel, entró finalmente a la historia en una concreción altamente escandalosa y necia: “Y el Verbo se hizo Carne” (Jn 1, 14). Para el cristiano, hablar de Dios significa hablar de Jesucristo y de su relación con el Padre; es hablar de quien se encarnó, fue crucificado, resucitó, ascendió al cielo y va a volver a juzgar a vivos y muertos. Pero envió el Espíritu Santo para suscitar la fe en que el Crucificado es Dios con nosotros. Por eso será necesario encarnar a este Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo.
San Pedro Poveda hace una descripción maravillosa, conmovedora, apasionante y de un compromiso excepcional. Nos dice que en todos los lugares donde se hacen presentes los hombres, en sus relaciones, en las instituciones que crean, en todos los lugares donde viven, los cristianos “han de dar a conocer a Cristo; en una palabra, y mejor dicho: han de ser un Crucifijo viviente, causando con cuantos traten el mismo respeto que un Crucifijo, los mismos sentimientos, las mismas ideas, las mismas obras” (Pedro Poveda, Escritos Espirituales, pág. 214). En definitiva dar la vida por amor a todos los hombres.

2º) Vivir con la convicción absoluta de que “el Espíritu mismo se une a nuestro espíritu” para dar testimonio del título más grande que un ser humano tiene, “hijo de Dios”. Ser “hijo de Dios” es el título con el que tiene que presentarse el ser humano hoy, aquí y ahora, en un mundo en el que está naciendo una “época nueva”. Pero también en un mundo que ha perdido certezas y metas, roto y dividido en enfrentamientos y guerras, que no sabe dar un sí a la vida, lo que supone respetar la vida y las vidas y evitar las guerras, porque el derecho a la vida es un derecho fundamental y porque la lucha por la paz es siempre una lucha por la vida. En el mundo también de la globalización, en el mundo de la interculturalidad, de la multiculturalidad o pluralidad cultural, hay que presentar y dar a conocer este título de hijo de Dios y encarnarlo en todas las culturas. Con este título de “hijo de Dios”, vivido y ejercido, se rompen todos los muros de separación. Este título da un “no” a la muerte, al egoísmo, a la guerra que siempre es una derrota de la humanidad. Este título hay que adquirirlo en el Hijo. Hombres y mujeres que se dejan guiar por el Espíritu Santo son los que siempre necesita la Iglesia para ser testigos que arrastran a otros a conocer a quien es el Camino, la Verdad y la Vida. El Espíritu Santo hace surgir provocadores de verdad y libertad, promotores de esperanza.

3º) Vivir, contemplar y anunciar al Dios verdadero, con la pasión de quien sabe que ésta es la tarea más importante a la que el ser humano puede dedicar su vida. Para que el ser humano lo sea de verdad y para que esta historia se transforme y adquiera la conformación en la que pueda existir la persona humana, es necesario vivir, contemplar y anunciar al Dios verdadero. Significa dar gloria a Dios. Esa gloria que el Papa San Juan Pablo II, con gran belleza, describió en la carta Apostólica Novo millennio ineunte: a) Significa promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre. Y, ante todo, esta espiritualidad significa mirar al corazón, mirar al Misterio de la Trinidad que habita en nosotros, que es misterio de comunión y que nos enseña a dar espacio en nuestra vida al hermano. Es también urgirme que tengo que sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo de Cristo, ver lo positivo del otro, acogerlo y valorarlo como un regalo de Dios para mí; b) Significa apostar por el ecumenismo de la santidad, el cual podemos realizar todos los cristianos estemos donde estemos, y seguro que producirá muchos frutos y hará realidad el deseo del Señor “ut unum sint”; c) significa apostar proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Nadie puede ser excluido de nuestro amor, pues en la Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre; d) significa hacer un gran esfuerzo por vivir, más que nunca, la comunión viva con la Iglesia, expresada en querer explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, que trata de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. Esto se convierte siempre en un servicio a la cultura; e) significa decir con mi vida, soy amigo fuerte de Dios: pensar, querer, hablar, obrar como el Señor.

Con gran afecto os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia