Tiempo de siembra y anuncio para mirar como el Señor

¡Qué bien suena en nuestro corazón la Parábola del Sembrador que el Señor nos regala y que tantas veces nosotros hemos escuchado! Cuando estamos acabando el curso, cuando llegan para algunos las vacaciones y para otros siguen los atosigamientos y sufrimientos que trae la situación que hoy estamos viviendo, por falta de trabajo y por otros motivos, es bueno acoger lo que nos dice el Señor y saber interpretarlo con nuestra vida: “una vez salió un sembrador a sembrar”. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. El Señor nos recuerda que es tiempo de siembra y tiempo de anuncio. Hay que salir, sabiendo que es el Señor el que hace crecer y, también, que Él puede cambiar la tierra para que crezca su semilla y pasar a ser de tierra mala a tierra buena. Atrevámonos a sembrar. Atrevámonos a ser sembradores, es decir, testigos fuertes del Señor, con conciencia viva de que somos unos enviados del Señor. Porque, ¿qué va a ser en definitiva el próximo plan de Pastoral en nuestra Archidiócesis? ¿Qué va a ser el Itinerario Diocesano de Evangelización? Un medio para entregar la alegría del Evangelio. Hagamos como Jesús nos dice en el Evangelio: “salió de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó… les habló mucho rato en parábolas...” (cf. Mt 13, 1-23).

Somos el Pueblo de Dios, un Pueblo que tiene muchos rostros. Es el Señor quien nos ha convocado para hacernos ver que somos su Iglesia. Una Iglesia que camina por este mundo y que tiene la misión de regalar la vida del Señor, tiene que saber sentarse también como Jesús y hablar a los hombres. ¿Qué va a ser, si no, el Itinerario Diocesano de Evangelización? Es la Iglesia de Jesús reunida que desea transmitir con el lenguaje de la belleza, que viene de Dios y de la fe en Él, la Buena Noticia al hombre de hoy. La Palabra de Dios nos hace tener una doble mirada, que es la que deseo que tengamos todos nosotros: 1) hacia nosotros mismos, y 2) hacia todos los hombres. Dejemos, pues, que nos hable Jesús hoy a nosotros como habló a aquellas gentes desde la barca en parábolas. Dejemos que se meta el Señor hasta el fondo de nuestro corazón. Pensemos que el Señor quiere llegar a cada uno de nosotros, desea sembrar su Vida en nosotros, para que así seamos testigos de Él en medio de los hombres.

Tengamos una mirada hacia nosotros mismos como la tiene Jesucristo y seamos capaces de tener el coraje de tomar una determinación. Tengamos esta certeza y esta convicción: el Señor, que salió a sembrar y que pasó a mi lado, derramó su Vida en cada uno de nosotros. Somos cristianos por gracia de Dios. Somos un milagro de Dios. Porque milagro es saberse hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Milagro es saber para qué estamos en la vida. Milagro es saber el sentido que tiene nuestra vida. Milagro es sentir la mano del Señor que coge mi mano y me dice: levántate. Milagro es saber que el Señor me dice: coge de la mano a tu hermano, nunca lo abandones, nunca le respondas con una mirada inquisitorial, aunque él te la de a ti. Y, así, un día el Señor se fijó en nosotros y nos regaló su existencia. De tal manera que nuestra vida cristiana es un regalo del Señor, es gracia. Somos regalo de Dios, tenemos su Vida. Pero también es cierto que esa Vida del Señor en nosotros, que es tan maravillosa porque nos hace ver todo de una manera nueva, no siempre la hemos cultivado bien o no siempre la estamos cultivando bien. No siempre hemos sido testigos cualificados de la misma.

¿Qué situaciones podemos vivir de incoherencia de nuestra fe? 1) Mal uso de la libertad: A veces, desde esa libertad que nos da el Señor para acoger su Vida y que dé fruto, hemos utilizado mal la libertad y no cultivamos su Vida, nos hemos entretenido en otras cosas que, aparentemente, nos llenaban más y que, sin embargo, nos dejaban más vacíos. 2) Vivir superficialmente la existencia: Hemos sido muy superficiales, nos entusiasmamos con Jesucristo cuando fuimos conscientes de lo que nos daba, pero a la media vuelta, cualquier cosa nos hacía ir tras ella y relegar a Jesucristo a mero recuerdo. 3) Cambiar a Jesucristo por otros dioses: La seducción de otros dioses que hacen que desaparezca de mi vida Jesucristo y que lo cambie por otros dioses que, a la larga, llenan la vida de angustia y de infelicidad, entre otras cosas porque no dan vida sino muerte. “Dioses” como pueden ser creer que lo más importante es tener euros en el bolsillo; la riqueza; el disfrute a tope a coste de lo que sea y de quien sea; la droga; el ejercicio de la sexualidad desordenada; hacer lo que a mí me dé la gana; relativizar absolutamente todo, nada hay más importante, todo es igual, todo es relativo. Cuando dejamos que el Señor entre en nuestra vida y acogemos su existencia, su Vida, todo lo planteamos de una manera nueva.

Pero tengamos esta seguridad: estemos como estemos, viene Jesucristo a nuestro lado, para hablarnos y decirnos con fuerza, después de explicarnos que Él es el sembrador: “el que tenga oídos que oiga”. Escuchemos al Señor, oímos y sabemos que la Palabra del Señor, cuando llega a la profundidad de nuestro corazón, como dice el profeta Isaías, no vuelve vacía. Hay respuesta por nuestra parte. ¿Qué le decimos hoy al Señor? Que queremos tener una mirada como la suya hacia todos los hombres, deseamos entregar a todos su Vida, la que vale de veras y hace felices a todos, da vida y no muerte. Si vale esta comparación, queremos ser como la luna, que no tiene luz propia, pero refleja la luz que le viene del sol y da luz. Eso mismo deseamos ser nosotros, hombres y mujeres que regalamos la luz del Señor. Nosotros no tenemos luz propia, pero nos ha sido regalada por el Señor la suya. Y esa luz es la que queremos dar. ¡Qué maravilla, veintiún siglos en que los discípulos del Señor han dado impulsos a la Belleza misma que es Jesucristo, que es el modo más hermoso de hablar de Dios y del hombre con un lenguaje que todos entienden, pues las palabras se hacen obras!

Seamos conscientes de que la evangelización es un imperativo para todo discípulo de Cristo. Quien tiene la vida del Señor deja de pensar en sí mismo. Ya lo importante en su vida no es él, son los otros y todos. Y es que la salvación de Dios impulsa a siempre a abrirse, a darse. El termómetro para saber si entregamos la salud que viene de Dios, que es la salud verdadera, es observar que nuestra vida la regalamos, que salimos de nosotros mismos. Hay salvación y, por ello, salud de Dios, regalándola, dándola. No ahoguemos esa Vida que el Señor puso en nuestra vida, que es su mismo ser. No ahoguemos el Yo por el mí. Quien nos ama nos hace ser. ¿Cómo no hacer descubrir a Jesucristo a los hombres, para que perciban el cariño que Dios les tiene? Vivamos siempre de esta convicción: quien nos ama nos hace ser. ¿Qué será de una persona que nadie le dijo que era amado y que era fruto del amor? ¿Qué será de alguien que no siente que le aman o que desconoce ese amor? Para ser feliz, estar realizado, hay que descubrir al Tú. Por eso, el anuncio de Jesucristo no es cuestión secundaria. Y cuanto más descubra al Tú, mas veré la necesidad de abrirme a todos los “tú” que me encuentre en la vida. El Tú, que es Jesús mismo, me abre a todo los demás y cada vez que me encuentro más con Él, más apertura tengo. El encuentro con Jesucristo no es secundario. Regalemos la semilla que es la vida de Cristo mismo. Salgamos a sembrar. Hagámoslo con el lenguaje que tienen los hombres hoy. Con la pasión del Señor por el ser humano.

Con gran afecto os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia