Orar para anunciar el Evangelio que cambia el corazón

Hemos vivido de una manera muy intensa el encuentro del Papa Francisco con Simón Peres y Mahmud Abbas en los jardines del Vaticano para orar por la paz. Ha tenido tal eco en el mundo, que manifiesta el deseo que tienen los hombres de todas las latitudes de la tierra de derribar los muros que nos separan, para construir y hacer que triunfe el amor y la amistad. Pero, ¿es posible hacer esto sólo con la fuerza de los hombres? El Papa Francisco ha invitado a unos hombres de fe a orar. Y es que solamente saliendo de nosotros mismos y poniéndonos en manos de Dios, se hace posible descubrir que tiene más valor la paz que la guerra, la solidaridad que buscar sólo los intereses propios, la fraternidad que la división, la generosidad que el egoísmo, el diálogo que el monólogo. Pero, además, cuando dejamos que sea Dios quien fragüe nuestra vida en su amor, surge la necesidad del encuentro, de acoger ese amor que es más grande que cualquier otra fuerza para cambiar este mundo y descubrir que somos hermanos.

Después de ver esa oración en los jardines del Vaticano, hacía memoria de lo que les había dicho en la Vigilia de Pentecostés a todos los miembros del Foro de Laicos de nuestra Archidiócesis de Valencia y a todos los cristianos que asistían a la misma: que convirtiesen sus vidas en “jardines de oración”, invitándoles a vivir el acontecimiento del domingo en los jardines del Vaticano con el Papa. Propuse que esta llamada la extendiesen a todos los cristianos que se encontrasen: teníamos que convertir el domingo de Pentecostés a toda nuestra comunidad cristiana en “jardines de oración”, uniéndonos así al Papa Francisco. Donde estuviésemos los cristianos el domingo, a la misma hora en que se reunía el Papa, teníamos que orar, es decir, teníamos que volvernos a Jesucristo y mirarlo, contemplar alguna escena del Evangelio, repetir una frase suya, recitar despacio el Padre nuestro. Es necesario que volvamos a caer en la cuenta del valor de la oración, del valor que tiene estar a solas con quien nos ama y nos hace percibir su amor. Y en esa relación de confianza pedir lo que necesitemos, sabiendo que Él nos lo da.

En nuestra Iglesia Diocesana tenemos unos “jardines muy significativos”: nuestros monasterios de clausura. Allí se vive de una manera especial la oración que dirigía el Papa Francisco: “Ahora, Señor, ayúdanos Tú. Danos Tú la paz, enséñanos Tú la paz, guíanos Tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: ¡Nunca más la guerra!; con la guerra todo queda destruido. Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz”. El gran gesto es el de quienes viven en esos monasterios, quienes consagran sus vidas haciendo de ellas una ofrenda a Dios por los hombres y deciden ser oblación para que los hombres puedan tener la ayuda de Dios. En estos monasterios se dan muchos gestos concretos para construir la paz. Por ello, he pensado que la Jornada Pro Orantibus para la Vida Consagrada Contemplativa, que celebramos en la fiesta de la Santísima Trinidad, adquiere una fuerza especial en la vida y en la historia de los hombres en estas circunstancias en las que estamos viviendo.

Son más necesarios que nunca monasterios metidos en las entrañas de la vida y de la historia de los hombres. En las ciudades y en los campos ¡Cuánto sabéis, quienes integráis sus comunidades contemplativas, de los hombres, de sus padecimientos, de sus necesidades, de sus alegrías y penas! Son necesarios “jardines” que manifiesten quién es el artífice que cambia el corazón de los hombres y que no nos lo digan con teorías. En nuestros monasterios hay vidas concretas que se van fraguando en el Señor. Porque “se presentó Jesús en medio de ellos” y le han acogido. Y les saluda con “la paz con vosotros” y acogen la paz. Y “se alegraron de ver al Señor”, porque descubren y viven en la verdadera alegría, que llega cuando nos sabemos queridos por el Señor. ¡Qué fuerza tienen nuestros monasterios, nuestros “jardines”, donde la vida, quiere y desea ser una manifestación de Jesucristo y en su conjunto quieren entregar a este mundo el “olor de Cristo”. Y es que en los monasterios, el manantial, la fuente de la que se bebe, el olor que toma la vida de quienes están y de quienes se acercan a ellos, es Jesucristo. 

Orar no es una cuestión secundaria para la evangelización. En las entrañas de la evangelización está la escucha, el diálogo y las propuestas que nos hace el Señor, así como también el núcleo fundamental del estilo con el que hemos de realizar la evangelización. Vosotros, los contemplativos, sois muy importantes en la evangelización. A través de mi vida he descubierto que evangelizáis con lo que sois, más que con lo que hacéis. Sois testigos de una pregunta humana y de una respuesta de Dios. Acogéis y transmitís la respuesta de Dios. Y es que vuestro gran quehacer es ser “testigos de un milagro”. Sí, de ese milagro que tiene un nombre, Jesucristo. En ese milagro no hay recovecos en el ser, o extrañas divinidades míticas, culturales o políticas a los que el ser humano dé incienso. Por eso, los contemplativos sois respuesta y afirmación de Cristo Resucitado, que regala su amor y hace vivir desde Él, más allá de toda palabra y de todo concepto. Por eso, hacéis plegaria y canto que invita y permite que llegue la luz verdadera a todos los hombres.

Con la oración os situáis en el quicio mismo del mundo y de todos los corazones humanos, allí donde siempre se recibe, como decía Santa Teresa, el verdadero amor, que además sólo lo da Dios. En los monasterios viven personas con los límites que tiene el ser humano, pero tenéis el atrevimiento de querer mostrar la gran belleza que tiene la vida en Cristo, por Él, teniendo como “profesión” dejar llenarla de su Amor. Así entendemos lo que nos dice Santa Teresa de Ávila: “orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”. También, el Papa Francisco nos dice en la Exhortación Evangelii gaudium que lo esencial de la vida contemplativa es la oración, el diálogo con el Señor, el encuentro con Jesucristo, el poner a todos los hombres y mujeres de este mundo en manos de Dios, en llenarlos del Amor de Dios. En los “jardines” que son todos nuestros monasterios de clausura, el olor a Cristo se hace evidente, la paz de Cristo se constata, las prisas no existen, el diálogo fundamental que se establece es con Dios. Por ello, ahí se descubre dónde está la esencia y la misión de toda evangelización.

Mirad la esencia y la misión de toda evangelización. El Evangelio de San Juan nos lo dice (cf. Jn 20, 19-21): 

1.- ¿Dónde desaparece el “anochecer”, “las puertas cerradas” en las que ni entran los otros, ni Dios mismo? ¿Cuándo aparecen los miedos? Cuando el protagonista de nuestra vida deja de ser Dios. Por eso Cristo se aparece a los discípulos. El Señor quiere estar entre nosotros. 

2.- ¿Dónde aparece la luz, la paz verdadera que es Cristo, la alegría? Cuando hay un encuentro con Cristo. De tal modo que en ese encuentro aparece la vida, la paz, se quitan los miedos y se vive de la alegría que es sabernos amados por Jesucristo. 

3.- ¿Dónde está la misión? Se hace realidad en el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos en el quicio donde trabaja Dios el corazón del hombre con su gracia y su amor. “Mi gracia te basta”.

Con gran afecto os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia