María: Regálanos tu escucha, decisión y acción

Vamos a celebrar la fiesta de la Mare de Déu dels Desamparats, una advocación entrañable que nos hace ver la tarea y ocupación que Nuestro Señor Jesucristo dio a su Madre cuando nos la entregó como Madre nuestra. Sus palabras fueron éstas: “dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (cf. Jn 19, 25-27). ¡Qué fuerza tiene el consentimiento de María que precede a la Encarnación! Y la tiene porque Dios quiso que, la que había sido escogida para ser la Madre, dijese un `sí´ en una libertad absoluta. De tal manera que se viese con total claridad que, así como por una mujer vino la muerte, por María viene la Vida. Ella dio al mundo la Vida misma que todo lo hace nuevo. Él nos hizo nuevos e hizo nuevo todo lo que existe. Ella conoció y se fio de quien es la Vida y ha dado Vida. María, ¡cómo te miró Jesús desde la Cruz y te dijo: éste es tu hijo y todos son tus hijos! Deseamos que nos digas cómo esta mirada de tu Hijo te recordó aquella mirada de Dios Padre que te inspiró tu canto del Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava” (cf. Lc 1, 46-48a). Haz que nosotros, en tu mirada, veamos el modo de hacer con nuestra vida y de nuestra vida ese cántico. En ese canto está nuestro descanso y encontramos tu amparo.

Por esto mismo, desde el principio de la Iglesia, a la Madre de Dios la llamarán toda santa y libre de todo pecado. Y es que es una criatura nueva. María es la “llena de gracia” (cf. Lc 1, 28) y Ella es la que responde con total firmeza y confianza a Dios así: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (cf. 1, 38). ¡Qué Belleza aparece en esta historia! El más bello de los Hombres, Cristo Jesús Señor Nuestro. Y todo porque el nudo de la desobediencia de Eva, lo desata la obediencia de María. Lo que ata Eva con su falta de fe, lo desata la Virgen María por su fe. Por todo ello, María es la Madre de los vivientes. Y no es de extrañar que su Hijo nos la diese como Madre, ya que es Ella la que nos regala la Vida que nos hace vivientes. Madre, regálanos tu fe, esa que nos abre el corazón y se llena de lo que tú tienes, adhesión absoluta a Dios, confianza ilimitada en Él, que llena tu vida de compasión y de cuidado por los demás, tal y como nos lo muestras a cada uno de nosotros. Mereces que te invoquemos como la Virgen y Madre de los Desamparados.

Ver la mirada que tu Hijo Jesucristo te hace desde la Cruz y ver cómo esa mirada se hace nuestra, desde el momento que te dice “ahí tienes a tu hijo, a tus hijos”, es un verdadero regalo que el Señor nos hace a través de ti. Nos mira como te miró a ti. Es un regalo que la mirada de tu Hijo esté en nuestra historia personal, en cada uno de los momentos que vivimos, como lo estuvo en la tuya en un momento difícil y de sufrimiento, como fue la mirada de la Cruz. ¡Qué aliento nos da la mirada que tu Hijo tuvo sobre ti! Te pedimos que nos sigas regalando esa mirada de tu Hijo para que nosotros miremos a los demás con ella y no con otra. ¡Qué mirada! Solamente busca rescatar, acompañar y proteger. Es una mirada que crea un modo de vivir que hace posible la cultura del encuentro y que elimina todos los desencuentros. ¡Madre de los Desamparados, enséñanos a mirar a los que no tenemos ganas naturales de ver, danos la mirada de misericordia, de perdón y reconciliación, danos la mirada que tú recibiste de tu Hijo para los más necesitados, los enfermos, los tristes, los ignorados, los que no tienen reconocida su dignidad, los que no conocen a tu Hijo!

Pero si importante es la mirada que tiene Jesús sobre su Madre, también es de una significación especial la que tiene sobre el discípulo al que tanto quería el Señor y en el que estábamos todos los hombres. En esa mirada sobre el discípulo a quien comunica el regalo que nos hace, “ahí tienes a tu madre”, nos expresa todo lo que significa la unión de Madre e Hijo. Unión que nos revela el cuidado que tiene Dios de los hombres y cómo ese cuidado quiere seguir revelándolo, mostrando la unión que tiene con su Madre: su mirada a nosotros es la que tuvo con su Madre y la mirada de su Madre a nosotros es la del Hijo. Y con esa mirada quiere enseñarnos a mirarnos entre nosotros los hombres, con mirada de hermanos, de hijos en el Hijo, con la mirada de Madre de Dios que se ocupa de enseñarnos a mirar como la miró su Hijo. Y esto se nos revela y se manifiesta desde la concepción hasta su muerte en la Cruz. Unión que aparece cuando María se dirige aprisa a casa de su prima Isabel, que la proclama dichosa a causa de su fe en la salvación prometida, mientras Juan Bautista salta de gozo en el seno de su madre (cf. Lc 1, 41-45). Unión que se manifiesta también en el nacimiento del Señor en Belén, cuando la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores y a los magos a su Hijo. También esta unidad se manifiesta cuando es presentado en el templo y cuando se pierde y lo encuentran en el templo ocupado en las cosas de su Padre. Su unión aparece en el mismo inicio de la vida pública en las bodas de Caná, en la que María, movida por la compasión, intercede para que Jesús haga su primer milagro. ¡Madre de los Desamparados, enséñanos a cuidarnos los unos a los otros como nos enseñó tu Hijo Jesucristo!

La advocación de la Virgen como Madre de los Desamparados nos invita a vivir tres dimensiones esenciales en nuestra existencia: escucha, decisión y acción.

1) Escucha: Ella sabe escuchar, que es mucho más profundo que oír. Basta recordar aquel gesto suyo después de haber recibido la propuesta y aceptado el ser Madre de Dios, cuando oye aquellas palabras: “también tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez…” (cf. Lc 1, 36). Es una escucha que se torna en atención, acogida y disponibilidad hacia Dios. María escucha a Dios y escucha los acontecimientos de la vida. Está atenta a la realidad concreta, no se queda en la superficie de la vida. Ha captado y ha experimentado que “para Dios nada hay imposible” (cf. Lc 1, 37).

2) Decisión: María no vive con prisas. Nos lo pone muy de relieve el Evangelio cuando nos dice que “meditaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 19. 51). Por otra parte, no toma decisiones improvisadas. Recordemos cómo en el momento de la Anunciación hace esa pregunta de quien no toma decisiones improvisadas “¿cómo será eso?” (Lc 1, 34). No vive deprisa aunque vaya deprisa y cambie su elección fundamental de vida cuando ve con claridad quién se lo pide. Por eso responde “Aquí está la esclava del Señor” (cf. Lc 1, 38). Pero lo mismo sucede cuando en el inicio de la vida pública de Jesús, ve en una situación difícil a una familia, toma la decisión de arrancar de su Hijo la ayuda necesaria para ellos. 

3) Acción: mostrada cuando Dios le pide la vida para que tenga rostro humano Dios mismo y se haga Hombre. Acción vivida cuando se pone en camino aprisa, teniendo que atravesar la región montañosa para llevar su ayuda a su prima Isabel. A pesar de las dificultades e incluso de las críticas que pueda recibir, se pone en camino, actúa. Su acción es consecuencia de la obediencia a Dios y está llena de amor. Es la presencia del Amor la que hace hablar a Isabel y saltar de gozo a su hijo, Juan Bautista, que aún no había nacido. Con su fe y maternidad la llamamos “bendita entre las mujeres” y “bienaventurada la que ha creído”. Ella es la primera discípula misionera y nos dice “haced lo que Él os diga”. Ella es la que nos ampara como a los novios de Caná. Por eso nosotros la llamamos “Mare de Déu dels Desamparats”. 

Con gran afecto os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia