Evangelizar en la Iglesia orando, confesando, anunciando

El beato Juan Pablo II nos decía que “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (NMI 43). Estamos empeñados en anunciar a Jesucristo. Por ello, es urgente que eliminemos de la vida de todos los que somos miembros de la Iglesia toda mediocridad, atonía e inercia. Cuando está naciendo una nueva época histórica, cuando tanto afecta a los hombres tener que vivir en un nuevo escenario y actuar como tales en él, urge que la adhesión a Jesucristo Nuestro Señor entre en la realidad y sea, realmente, esa levadura que da sabor, olor y color a la realidad. En un documento que los obispos de España hicimos público en el año 1990, “La verdad os hará libres”, hablábamos de la situación moral de nuestra sociedad y veíamos cómo en el pueblo cristiano habíamos dejado de cultivar determinados ideales y valores, de tal manera que emigraron de él e, incluso, en algunas ocasiones se habían vuelto en su contra (n. 29). Por otra parte, constatábamos la falta de formación moral suficiente entre muchos de nosotros, sustituidos por legalismos impositivos y exteriores que no arraigan en el corazón y que son percibidos como todo lo contrario a un cauce de realización humana (n. 31). También se manifiesta de un modo palpable la secularización interna de lo cristiano en puntos de vista, esquemas de pensamiento y en la acción en la cultura secular (n. 33).

Cuando se detectan situaciones de este calado, nos vienen a la memoria las palabras del salmista: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, o aquellas otras palabras “vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará”, o aquellas otras: “vosotros sois la luz del mundo”. Todas ellas nos recuerdan aquellas palabras del Papa Pablo VI, “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14). ¡Qué fuerza tiene pensar que la evangelización se dirige extramuros del santuario! La Iglesia es para el mundo, no para la Iglesia misma. Pero para ello, es necesario que siempre se tonifique y acrisole, para ello es necesario que viva coherentemente la respuesta del salmista: “el auxilio me viene del Señor”. No podemos hacer un lema retórico de la evangelización que hemos de llevar a cabo en estos momentos. El Papa Francisco nos los ha recordado: “hoy, en este id de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva salida misionera” (EG 20). Ya podemos anticipar, sin dudar, que solamente hombres nuevos, con la novedad que trae el acoger en nosotros la vida de Cristo, pueden construir una Iglesia que regale a esta humanidad la novedad y la alegría del Evangelio.

¿Cómo hacer esta evangelización hoy? No lo dudemos: tiene que ser a partir de la entrega de unos cristianos que vivan la fe y la vida del evangelio con integridad y radicalidad, mística y martirialmente, recuperando cada uno de los miembros de todas las comunidades cristianas una personalización de la experiencia cristiana y de la vida teologal. Y es que solamente podemos evangelizar en la medida que hemos recibido personalmente el Evangelio por la fe y la transformación consecuente. Con ello no quiero decir que para ello son necesarios santos en sentido literal, sino santos en el sentido paulino, los que hemos recibido la vida de Cristo y estamos en un proceso permanente de conversión para disponernos siempre a la misión. “La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión esencialmente se configura como comunión misionera” (EG 23). Tener la Vida de Cristo, ponerla en acto, comunicarla con obras y palabras es todo un reto que siempre tenemos los cristianos, pero mucho más cuando hay un escenario nuevo en el que la presencia de Jesucristo, su amor es necesario. Este amor tiene que mover a todos los miembros de la Iglesia, de tal manera que sea desde ese amor desde el que se manifiesta y vive la comunión, que debe ser la encarnación y la esencia del misterio mismo de la Iglesia. De tal modo que, como nos decía el beato Juan Pablo II, “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo” (NMI 43). 

¿Cómo hacer esto posible? Creyendo y manifestando en nuestra existencia que Cristo es la Vida, que solamente Él da la Vida y que esta humanidad necesita de esa Vida para salir de todas las oscuridades que tiene. En el Evangelio del domingo pasado (cf. Jn 11, 1-41), hay unas palabras centrales dichas por el Señor: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. ¿Qué es lo que quiere decirnos con ellas? Vemos que, con ellas, responde a Marta, que ha salido a su encuentro y le dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Y es que la muerte es constitutiva de la condición humana. Sin embargo, la Resurrección y la Vida es de Dios mismo y todo el Señor nos alcanza también y nos hace partícipes de esa condición: “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Y a continuación le pregunta: “¿Crees esto?” La respuesta de Marta es la que nos pide el Señor que demos nosotros, ya que sólo así podemos evangelizar, “Sí Señor, creo que Tú eres el Hijo de Dios”, es decir, contigo se abren las puertas de la vida y hay que decírselo a todos los hombres. ¡Qué actualidad tiene el grito del Señor, “Lázaro ven afuera”, es decir, sal del sepulcro! Anunciar el Evangelio es decir a los hombres que salgan del sepulcro, que solamente Cristo es quien da la Vida y la Libertad.

¿Cómo prepararnos para ser una Iglesia evangelizadora, de puertas abiertas a todos, en salida permanente, en conversión constante de personas y de acciones pastorales? Tres tareas me parecen que son esenciales:

1. Construirnos siempre como comunidades orantes y confesantes. Así nos lo recuerda un gran teólogo del siglo XX: “el cristiano del futuro o será un místico o no existirá en absoluto”, pues las presiones de la increencia y de la indiferencia la resisten quienes se arraigan en Cristo de un modo sólido y con una experiencia honda y profunda de Él. Y no se trata de tener una piedad intimista y desencarnada, pues creer es comprometerse y orar es actuar.

2. Construirnos siempre como comunidades misioneras: tengamos claro que la fe cristiana no es eclesiocéntrica, sino teo y cristo-céntrica, pues su misión es anunciar a Dios Padre y a su Hijo Jesucristo. Un anuncio que no es notificación de una teoría, sino que ostenta la estructura del signo sacramental, es decir, obra lo que significa. La Iglesia no puede ser silente. En su corazón sigue resonando el testimonio de los mártires por anunciar a Jesucristo.

3. Construirnos siendo comunidades fraternas, que viven desde y en la comunión, es decir, que siempre dan espacio al hermano y llevan mutuamente la carga de los otros (cf. Gal 6, 2) porque creen y confiesan a Dios Padre que nos hace a todos ser hermanos.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia