La epifanía más urgente de la belleza: el hombre

¡Qué importancia tiene para el ser humano la educación en la belleza auténtica! Porque afina siempre la profundidad de su alma y, además, orienta a la edificación de una sociedad abierta a todos los ideales que nacen del espíritu. Pero la belleza más urgente en nuestro mundo tiene que reflejarse en el hombre. El ser humano tiene que ser una epifanía de Dios. La Cuaresma es una llamada de parte de Dios a acoger la misma belleza de Dios en nuestra vida, a que entre en todos los aposentos de nuestra existencia, para salir así al mundo mostrando el rostro verdadero de Dios. La Cuaresma es una llamada a ser verdadera expresión del artista verdadero: nada más, ni menos, que dejar que Nuestro Señor nos transfigure, que seamos presencia creíble suya, rostro que manifieste la belleza que alcanza el hombre cuando deja entrar a Dios en su vida.

Esto es posible si dejamos que sea Él quien vaya esculpiendo nuestra existencia, en todas las manifestaciones que tiene y se expresa, en nuestros modos de ser y obrar. A través de la historia vemos cómo las mejores y más grandes obras de arte expresan, directa o indirectamente, lo que llega más allá de nosotros mismos; de tal manera que, contempladas con detenimiento, son epifanía de Dios. Y es que, o manifiestan directamente la belleza de Dios, o se detienen en la belleza que siempre nos eleva hacia lo alto, o nos muestran la fealdad de lo humano o de sus obras cuando falta la verdadera belleza. Ahora bien, os puedo asegurar que la obra de arte más bella que existe es el propio ser humano, y éste sabéis muy bien de qué manos salió. El ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, será más y mejor en tanto en cuanto conserve y refleje mejor el rostro del artista que le creó, Dios mismo, que es la Belleza suprema. Por eso, se hizo Dios Hombre y quiso enseñarnos de qué modo se muestra su rostro. Y, por eso, nos dio su Vida, su Gracia y su Amor. De ahí que la gran urgencia de siempre, pero mucho más cuando se está diseñando un cambio de época, es la amistad y la cercanía con los hombres que están poniendo los fundamentos de la nueva época. Una amistad que hay que construir en la cercanía, no por imposición sino por atracción.

Urge una provocación: que el ser humano abra todas las dimensiones de su existencia a Dios. Y ello no podemos hacerlo por imposición, sino de la misma manera que lo hizo Jesucristo y que en el Evangelio, en el texto de la Transfiguración, nos lo dice el Señor. ¿Qué hizo? Cuatro notas nos lo expresan.

1) Se los llevó a una montaña alta, es decir, les propuso salir de su geografía habitual para ver todo desde otras alturas y dimensiones, con otros acentos y expresiones. En el fondo, les hizo ver que solamente con las fuerzas de los hombres no tenemos capacidad para transformarnos ni para transformar este mundo ni esta historia; es decir, que sin Él no tenemos ni presente ni futuro.

2) Se transfiguró, es decir, mostró quién era: “éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”. Mostró quién era amándoles y haciéndoles percibir su amor, con su Transfiguración, hizo ver en su resplandor la fuerza de atracción que tienen Dios y el hambre que tiene el ser humano del propio Dios.

3) Vivamos con la certeza de que la experiencia de Dios, en la profundidad del alma, hace que digamos: “Señor, ¡qué bien se está aquí!”. El ser humano se encuentra a sí mismo y encuentra salidas para sí y para todos y para todo, en el encuentro con Dios. Por eso, en el diseño de una nueva época es fundamental que Dios esté presente. Y esto no se puede hacer a la fuerza, hay que hacerlo por presencia, con rostros donde esa obra de arte que es todo ser humano sea lo que realmente somos, imagen de Dios mismo.

4) Para ello tenemos que estar presentes en la vida y en la historia donde se fragua el cambio de época. Ahí les lleva Jesús cuando les dice: “levantaos, no temáis”. Hay que estar en medio del mundo, en la historia que hacen los hombres, pues tenemos una seguridad como es que sólo, con la fuerza de nuestras razones, es decir, de la razón, ni cambiamos ni puede cambiar la historia; pero unidas la fe, es decir, la adhesión a Dios, y la razón se llega a una belleza de tal calibre que se engendran capacidades nuevas. La prueba de la verdad del cristianismo se muestra cuando corazón y razón se encuentran, cuando belleza y verdad se tocan. Y esto se manifiesta en el mismo rostro del hombre cuando cultiva y es consciente de la obra de arte que es y refleja el rostro mismo de Dios.

Los santos son quienes mejor han entendido esto y quienes mejor manifestaron la obra de arte que es todo ser humano. Entendieron lo que Jesús dice de sí mismo, “yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. En Jesucristo, en el Dios que se hizo Hombre, descubrieron la grandeza de Dios y la maravilla del hombre cuando se hace consciente de ser obra de Dios. Entonces es cuando deja que Dios mismo ocupe su vida. Y experimenta en su propia carne que dejarse engendrar por quien es el Camino, la Verdad y la Vida, le hace alcanzar unas dimensiones transformadoras de sí mismo y de los que le rodean de tal alcance que descubre que ése es el gran tesoro de su vida y de la vida de todos los hombres, que no se puede esconder, sino que tiene que alumbrar y dar sabor a esta historia. Por eso, unir santidad y construcción de la historia tiene un sentido muy profundo. Es el mejor servicio que podemos hacer y es una necesidad para los hombres.

¿Por qué unir santidad y construcción del mundo? Los santos son una apología de lo que hace en el ser humano el vivir en una comunión con el Señor, en dejar entrar a Dios en la vida personal y colectiva. Cuando está Dios presente, no surgen solamente técnicos en una especialidad determinada aunque la hagan muy bien. Surgen también, e invaden esta historia, hombres y mujeres que, habiendo acogido el Amor de Dios, lo ponen a disposición de todos y lo expresan en la belleza y en el bien que desde ellos dimana, de parte de Dios, como fuente de agua que sana y provoca vida. ¡Qué belleza tiene la estela de Nuestro Señor Jesucristo atravesando la historia a través de quienes le han sido fieles seguidores y oyentes de su Palabra, con una adhesión sincera y total a Él! Es cierto, en esta tierra podemos contemplar la Belleza del mismo Dios a través de rostros de hombres y mujeres que dejaron en su vida impreso el rostro de Dios, una belleza que hoy sigue manifestándose en obras que son fruto de la fuerza del Amor de Dios. Porque sus huellas continúan y son verdaderas obras de arte que manifiestan y expresan de forma visible el rostro de Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo.

La verdadera Belleza da tal sacudida al ser humano, que le hace salir de sí mismo, le arranca de la resignación y de la comodidad, despierta al ser humano y le hace abrir de nuevo los ojos del corazón y de la mente. La Belleza que tiene su manifestación más clara en Dios mismo, suprema Belleza, y que se nos manifestó en Jesucristo, nos impulsa siempre hacia lo alto y hacia lo mejor, a unirnos y a no separarnos, a dar y a no robar, a vivir y a no matar, a la paz y no a la guerra, a la verdad y no a la mentira, a la solidaridad y no al desentendimiento de los demás. Dostoievski decía que “la humanidad nunca podrá vivir sin belleza, porque no habrá motivo para estar en el mundo”. No falsifiquemos la belleza, pues la que es verdadera hace crecer el deseo de ir siempre más allá, de ir hasta Dios mismo.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia