Encuentro con el Papa Francisco

Desde el lunes 24 de febrero hasta el lunes 3 de marzo hemos tenido varias provincias eclesiásticas de España la “Visita ad Limina Apostolorum”, que los obispos debemos realizar al Sucesor de Pedro cada cinco años. Han sido unos días entrañables visitando las diversas Congregaciones y Pontificios Consejos. Pero el culmen de la Visita ha tenido lugar el día en que los obispos de la Provincia hemos podido ver al Santo Padre y hablar con él. A nuestra Provincia Eclesiástica Valentina le correspondió el día 28 de febrero. ¿Qué deciros a todos los cristianos de este encuentro? Al dar la mano al Papa Francisco y recibir de él su abrazo, recordé a Pedro, después de Pentecostés, al ver el desconcierto de aquella multitud que, siendo de diferentes lugares y de diferentes lenguas, les oían hablar en su propia lengua, y se decían entre sí: “¿que será esto?”. Sí, veía en el Papa Francisco a la Iglesia extendida por todos los pueblos, la realidad de todas las iglesias particulares y sus Obispos unidos y en comunión con el Sucesor de Pedro, os veía a todos vosotros, los cristianos de nuestra Archidiócesis de Valencia que, junto conmigo, en comunión con Pedro, seguimos diciendo a una sola voz, las mismas palabras de Pedro: “A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hch 2, 32). Lo que viví en aquel momento del encuentro con el Papa Francisco fueron muchas experiencias que, en estos momentos en que os escribo, vienen a mi mente y mi corazón. Pero, especialmente, querría comunicaros que viví con profunda intensidad la alegría de anunciar el Evangelio entre vosotros, sabiendo que precisamente es el Señor quien llena el corazón y la vida del ser humano. Viví la importancia de estar unidos y de poner en común lo que somos y tenemos para que nadie pase necesidad, Recordé a tantos que están a nuestro lado pidiéndonos que partamos el pan con sencillez, algo que sale con una espontaneidad clara y evidente del encuentro con Jesucristo. Entendí una vez más, pero con un grado de prioridad especial en estos momentos de la historia de la humanidad y de nuestra historia en Valencia, que nos urge seguir realizando la invitación que solamente se puede hacer desde un encuentro profundo con Jesucristo y desde una decisión absoluta de dejarnos encontrar por Él: hay que eliminar del corazón la comodidad y la avaricia que hacen que tengamos esa enfermedad que elimina de nuestro lado a los demás y nos hace vivir en la búsqueda de placeres superficiales, clausurando nuestra vida en nuestros propios intereses y no dando espacio a los demás, dejándonos engañar y escapando del amor de Dios manifestado y revelado en Jesucristo, que es quien nos devuelve la dignidad. ¡Qué fuerza arrolladora tiene escuchar la voz de Dios! Aquella que le hizo a Pedro, y que continúa a través del Papa Francisco, exclamar ante el Sanedrín refiriéndose a Jesucristo: “¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él?” (Hch 4, 19 b). Escuchar y hacer resonar esa voz de Dios que se nos ha manifestado y revelado en Jesucristo con obras y palabras es la misión que tenemos y que, en el encuentro con el Papa Francisco, he renovado con todo mi corazón uniéndome a todos los obispos que viven en comunión con él. Es la renovación que nos invita a un compromiso que haga gozar a los hombres de la voz y de las obras de Dios, de su cercanía, de su amor, del mismo entusiasmo que tuvo Jesucristo pasando por este mundo haciendo el bien. El encuentro con el Papa sigue siendo motivo para vivir con más fuerza e intensidad el gozo de hacer como los apóstoles, desde el inicio de la misión en la Iglesia: “daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor” (Hch 4, 33). Aquí viene bien volver a meditar aquellas palabras del Papa emérito Benedicto XVI cuando nos dijo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1). Dos expresiones del Apóstol San Pablo resumen lo que viví en el encuentro con el Papa Francisco: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14) y “Ay de mí si no anunciara el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Y es que, después de años de vivir con vosotros, sabéis que tengo cada día el convencimiento mayor de que la vida se agranda y crece y se desparrama entre los demás, cuando la das y la repartes; y, por el contrario, tiene un debilitamiento fuerte y profundo cuando te retiras en la comodidad, a vivir para ti mismo, a aislarte de quienes te piden, es cierto, cada día más y más. Es verdad, disfruto mucho con vosotros y lo seguiré haciendo con pasión, ilusión, esperanza, en la entrega de mi vida por comunicaros a Jesucristo. Pero en este encuentro con el Papa Francisco he percibido, a través de él, dónde se encuentra el dinamismo verdadero de toda realización personal: tenemos vida, crecemos, maduramos, somos, en la medida en que damos la Vida para que los otros tengan vida. ¿Y qué mejor que entregarla para que todos conozcan a quien es la Vida, Jesucristo? Ello implica estar siempre sabiendo y viviendo que Jesucristo es la alegría verdadera, que su riqueza y belleza son inagotables, que es Él quien nos hace vivir siempre en la fuente de la novedad. Por ello, es Él quien nos hace creativos y nos hace buscar siempre caminos nuevos, métodos y expresiones que no nos encierran en esquemas aburridos y envejecidos para acercar a Jesucristo a los hombres de nuestro tiempo, es decir, es Él quien nos regala la frescura y el oxígeno del Evangelio. En la conversación con el Papa Francisco, uno siente la urgencia de vivir lo que sabemos en teoría, que todos los hombres tienen derecho a recibir el Evangelio y que nosotros, los cristianos, tenemos el deber de anunciárselo, sin excluir a nadie. Y que lo tenemos que hacer no con imposiciones, sino por atracción, aquella misma que experimentaron los discípulos de Emaús que, aun no dándose cuenta que era Jesús quien les acompañaba por el camino, se sintieron tan a gusto que le dijeron: “quédate con nosotros porque atardece”. Tengamos este convencimiento: Jesucristo nos pide todo, pero caminemos seguros de que nos lo da todo. ¡Qué rápido se pasó el tiempo conversando con el Papa Francisco en la alegría misionera, la dinámica del éxodo y del don, de salir de sí, de caminar y sembrar siempre de nuevo y siempre más allá! Aquella conversación de intimidad invitaba a salir a la itinerancia y a vivir la comunión como comunión misionera, fieles a la propuesta que nos hizo el Señor: “Id por el mundo y anunciad el Evangelio” de manera inmediata, sin perder tiempo, a todos los lugares, a todas las personas, en todas las ocasiones que se nos presenten, sin miedos de ningún tipo. Últimamente, aunque muchas veces había meditado esa página del Evangelio de San Juan donde se nos relata el lavatorio de los pies, me ha llamado la atención de una manera especial. ¿Por qué? En ese gesto de Jesús se nos dice, por una parte, cómo vivir siempre en la comunión y como recrearla constantemente y, por otra parte, Él se involucra y nos involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás y diciéndonos: “el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica” (Jn 13, 16b-17).

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia