¡Atrévete a alumbrar!

Cuando este domingo meditaba el Evangelio (Mt 5, 13-16), surgía en mí la necesidad de poder deciros a todos estas palabras: ¡Atrévete a alumbrar! ¿Por qué? En algunas ocasiones he podido leer y reflexionar sobre la admiración que los pueblos de África y Asia sienten por las múltiples realizaciones de Occidente, tanto técnicas, como científicas. Pero, al mismo tiempo, hay algo que les asusta de una manera muy grande, una razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre. Porque estos pueblos y culturas saben muy bien, y así lo viven, que la inclusión de Dios es la forma más sublime de la razón y lo que conviene que se enseñe a sus gentes. Por eso, hay que decir con toda claridad que en África y Asia la amenaza verdadera no la ven en la fe cristiana, sino en el desprecio de Dios, en la mofa que se hace de lo sagrado cuando se considera que eliminarlo de la vida personal y colectiva, de la construcción de los pueblos y de su historia, es un criterio supremo del derecho de la libertad y de la utilidad.

Sin embargo, Jesucristo nos dice todo lo contrario. El Dios que se hizo hombre nos ha revelado quién es Dios y quién es el hombre. Y nos llama a una tarea imprescindible para Él, nos dice: “vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo”. Ha sido Él quien nos manifiesta claramente con su vida lo que es ser sal y ser luz. Ha sido Él quien nos ha regalado su vida, para que aproximemos nosotros a este mundo la Belleza, que es el mismo Jesucristo. Todos sabéis cómo en la cultura de Israel, la sal era un símbolo de gran importancia: la sal da gusto a los alimentos, la sal preserva de la corrupción. Por otra parte, también la sal, en sentido figurado, es expresión de la alegría de la vida. Es cierto que, para que la sal produzca efecto, es necesario que se mezcle y se disuelva. Por eso nos dice el Señor así: “vosotros sois la sal de la tierra”. Estaréis de acuerdo conmigo que nuestro mundo necesita mucha sal, necesita de Dios y de todos aquellos que, entrando en comunión con Él, hagan posible que todos los hombres y mujeres puedan estar a gusto, puedan gustar de lo bueno y grande que es ser hijo de Dios y hermano de todos los hombres, y puedan impedir que la corrupción estropee esta historia. La sabiduría de los pueblos africanos y asiáticos, que está en lo más profundo de sus vidas y de su historia, sabe que lo sagrado invita a dar salud y vida a esta tierra en la que habitamos.

El mundo está necesitado de Dios. Los hombres y mujeres de este mundo necesitamos de Dios. ¿Qué Dios necesitamos? El que nos ha dicho “vosotros sois la luz del mundo”. La Luz es un símbolo universal. El Dios que necesitamos es el que hace brillar la luz en medio de las tinieblas y las elimina, es el que ilumina los caminos por donde vamos en este mundo. Jesucristo, que murió por nosotros en la Cruz, el Hijo de Dios encarnado que nos contempla, ¿sabéis cuando nos manifiesta en la máxima explicitud la Luz que es el mismo Jesucristo? En la Cruz, regalándonos su amor hasta el extremo. Fue un “no” a la tiniebla, a la violencia, a la mentira, a la eliminación de Dios de la vida del hombre y de la construcción de este mundo. La aspiración suprema de todo ser humano, que es la vida plena y llena de sentido, alcanza su máxima densidad cuando en el Evangelio se nos dice que Nuestro Señor Jesucristo, dando la vida por los hombres como expresión del amor más grande, rompe con todas las fuerzas a las que estamos acostumbrados los hombres a utilizar y nos regala la suya, irrumpe con su Amor.

La tiniebla se identifica con la mentira, el egoísmo, la utilización del otro como sea y a costa de lo que sea, con un poder no para servir a los demás y que alcancen su plena dignidad, la que Dios mismo les ha dado, sino para servirse de ellos. Por eso Nuestro Señor Jesucristo quiere y desea que en este mundo sea su Luz la que resplandezca. Y es cierto, su Luz elimina todas las tinieblas por muy fuertes que sean. ¿Cómo quiere Él que mostremos esa Luz suya? Como Él lo hizo: por Amor da la vida por nosotros y su Amor es el que quiere que esté en nuestra vida y fragüe nuestra existencia, de tal modo que así se elimine la ceguera que impone desorden, enfrentamientos, luchas entre los hombres. ¡Qué mandato más bello el que nos da el Señor! “Vosotros sois la luz del mundo”. Somos invitados con nuestro estilo de vivir a ser Luz para el mundo. Pero no cualquier luz. Una Luz que no es propia, que no nace de nosotros y de nuestras fuerzas, sino de Dios mismo. Él es el manantial de esa fuente que podemos ser cada uno de nosotros para entregar su Luz. 

¡Atrévete a alumbrar! El Concilio Vaticano II puso muy de relieve que solamente Jesucristo, la Luz verdadera que ha venido a este mundo y que ha entrado en esta historia, es quien nos puede enseñar a salir de todos los atolladeros en que nos encontramos los hombres cuando prescindimos de Dios. Por eso, el mismo Señor nos dice que, siendo Él esa Buena Noticia que se traduce en ser Sal y Luz, solamente Él puede librarnos de todas nuestras contradicciones. Como nos recordaba la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo (cf. GS 4-10), vemos una humanidad que quisiera ser autosuficiente, donde no pocos creen que pueden prescindir de Dios para vivir bien y, sin embargo, ¡cuántos parecen tristemente condenados a afrontar dramáticas situaciones de vacío existencial! ¡Cuánta violencia hay aún sobre la tierra! ¡Cuánta soledad pesa sobre el corazón del hombre en la era de las comunicaciones! ¿Quién puede liberarnos, darnos Luz y capacidad para transformar y dar sabor a este mundo, es decir ser Sal? San Pablo nos lo dice con toda claridad: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo” (Ef 2, 4). Sólo Jesucristo derrotó el poder del mal con la fuerza omnipotente de su Amor. Sólo dejándonos invadir por ese Amor podemos alumbrar.

Este Domingo estuve en la II Asamblea de los responsables de centros Juniors de nuestra Archidiócesis. Es una gracia inmensa estar con doscientos jóvenes que quieren vivir su compromiso cristiano en este Movimiento educativo de niños, adolescentes y jóvenes. En las palabras que les dirigía en la celebración de la Santa Misa, les hablé de la importancia y trascendencia que daba Jesucristo a que el ser humano creciese al lado de Dios mismo; por eso, la fuerza y la trascendencia que tenía su misión. Y ello, se muestra en esas palabras del Señor cuando dice, “dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis”. El Señor indica la importancia que tiene para la vida humana y para la construcción de este mundo que los hombres, ya desde niños, crezcan experimentando y sintiendo la cercanía de Dios mismo. Y es que la realidad del mundo y de vida de todo ser humano no se sostiene sin Dios. De ahí, la prioridad de la fe en Cristo y de la vida en Él. Quien excluye a Dios del horizonte falsifica el concepto de realidad y da recetas para vivir que destruyen. ¡Atrévete a alumbrar! “Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo… Alumbre así vuestra luz a los hombres” (cf. Mt 5, 13-16).

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia