Hay situaciones y momentos de la vida en los que es
necesario tener la misma experiencia que tuvieron los Magos en Belén: “entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego los cofres y le
ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Cuando encontramos con rostro a quien es la Luz, surge con espontaneidad postrarnos, adorarlo y ofrecerle lo que somos y tenemos. ¿A quién
le estamos dando nuestra vida hoy los hombres? ¿Quién nos conquista? ¿Dónde están los vacíos más importantes de nuestra existencia? ¿Los caminos que se nos proponen están haciendo acaso felices a
los hombres? ¿Las visiones de la vida y del hombre que se nos entregan llenan el corazón y nos hacen ser más abiertos a todos los otros, menos violentos y con una vida más inclusiva para
todos?
Siempre estamos caminando. Pero, ¿siempre en ese
camino estamos a gusto y hacemos que estén más a gusto los demás, quienes nos rodean? Por ello, es bueno preguntar ¿dónde está el camino, la vida, la verdad? Como todos los hombres que vienen a
este mundo, siempre buscamos la felicidad, la luz, las salidas, el camino verdadero. Por eso, ¡qué importancia tiene el encontrar la Luz! Es algo esencial.
En un mundo como el nuestro, que parece haber
perdido el rastro de Dios, urge invitar a todos los hombres a ir a Belén y contemplar a quien nos deja sin palabras, pero nos abre a un horizonte de vida único. En su presencia se nos abre un
modo nuevo de existir, de construir este mundo, de relacionarnos entre nosotros, de proyectar el desarrollo del hombre y de la sociedad. Por eso, urge un audaz testimonio de la Luz, de quien vino
a este mundo a encontrarse con nosotros en todas las situaciones de la vida y ofrecernos su vida que Luz. No es cuestión secundaria el dejarnos atraer por la belleza y el valor de la persona de
Cristo. En el rostro del Hijo, descubrimos la “luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9).
Los cristianos pertenecemos a ese pueblo que
caminaba en las tinieblas y que ha visto una gran luz (cf. Is 9, 1). Por eso, hemos de convertirnos en lámparas que arden e iluminan en la medida que permanecemos unidos a Cristo. No tenemos luz
propia. Solamente Jesucristo es la Luz e ilumina a todos los que tengan sombras de muerte, oscuridades. La “nueva evangelización” necesita hombres nuevos, convertidos y luminosos, que no
engendren dudas, ni oscuridades, que no entreguen sus teorías, que difundan la luz del amor de Dios que es la verdadera sabiduría que da significado a la existencia y a la actuación de los
hombres.
En la homilía de la solemnidad de la Epifanía del
Señor, el Papa Francisco nos pedía a los creyentes “tener santa astucia para custodiar la fe”. Y es que los Magos nos enseñan a no caer en la oscuridad y tiniebla, sino a defendernos de la
oscuridad que pretende cubrir la vida del ser humano y de todos los hombres. Necesitamos sabios compañeros de camino que nos fascinen por la bondad, la belleza, la verdad y la vida. ¡Qué
maravilla descubrir en la figura de Herodes como todo un mundo edificado sobre el poder, el prestigio y el tener, queda desenmascarado y se pone en crisis por un Niño! En este sentido, al iniciar
un año nuevo, os convoco a todos los cristianos, sacerdotes, miembros de la vida consagrada y laicos, a ser luz, a tener la sabiduría de este Niño al que adoramos y al que le entregamos todo
nuestro ser y tener. No tengáis la tentación de entregar baratijas de sabiduría que cuestionan la fe de la Iglesia, no organicéis nada al margen de nuestra madre Iglesia que vela y quiere
entregar a todos los hombres a Jesucristo y de la manera que Él ha querido hacerlo a través de la Iglesia.
En el Itinerario Diocesano de Renovación, en este
curso, se nos hace la misma invitación que el Señor hizo desde el inicio de la evangelización a sus primeros discípulos: “seréis mis testigos”. El Beato Juan Pablo II nos invitaba a “hacer de la
Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles a los designios de Dios y responder a las
profundas esperanzas del mundo” (NMI 43). Os convoco, pues, a entregar la sabiduría y la luz que el Niño nacido en Belén nos ha regalado como gracia. ¡Qué bello es vivir en comunión con esta
Sabiduría y con esta Luz!
Muchos os acordaréis de aquella espléndida película
de Frank Capra “¡Qué bello es vivir!”. Nos habla de cómo ante las locuras en las que podemos caer los hombres, nunca entreguemos veneno, siempre hagamos todo para que los demás vivan. Os recuerdo
algunas imágenes de la película. George es un niño de diez años que trabaja en la droguería del pueblo. El droguero le manda llevar unas cápsulas para un niño enfermo de difteria. El dueño de la
droguería que estaba trastornado de pena por la muerte de su hijo se equivoca y le da unas cápsulas que son un veneno mortal. George se da cuenta de la equivocación y marcha pero no cumple el
encargo. La madre del enfermo reclama al droguero el encargo. Y éste se pone furioso contra George, a quién pega con fuerza. ¿Cuál es la reacción de George? Decir: no me pegue, se ha equivocado
con la receta, era veneno lo que me dio; pero no es culpa suya, pues usted lo está pasando muy mal, no se lo diré nunca a nadie, prefiero morir. Cuando George ya era un hombre, hay una escena en
la que su ángel de la guarda lanza esta pregunta: ¿dijo algo de las píldoras? Y una voz celestial responde: No, jamás.
¿A qué viene el relato de esta historia? Los
cristianos somos luz, no oscuridad. No podemos entregar a otros veneno. El veneno mata, dispersa y divide. Tampoco podemos estar culpando a los demás, pues ello deja sin atracción y divide a la
comunidad cristiana. Esto sucede cuando no vivimos la comunión, cuando no entregamos la Luz, cuando damos doctrinas que no son las de la Iglesia, cuando hacemos confesión de fe diferente, cuando
ponemos en duda o nos situamos en oposición al Magisterio de la Iglesia, cuando con aires de una falsa renovación proponemos teorías o doctrinas que disgregan. La Luz, que es el mismo Jesucristo,
nos dice que la unidad prevalece sobre el conflicto. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado, debe ser asumido, pero no podemos dejar atraparnos por él. Cuando hay conflicto las
reacciones pueden ser: 1) mirar y seguir adelante, lavarse las manos; 2) entrar de tal modo que quedamos prisioneros de él y provocando confusiones, insatisfacciones y rupturas; y 3) situarnos
ante el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un proceso nuevo.
Os invito a que os situéis siempre en la tercera
reacción, de tal manera que propiciemos la comunión en las diferencias, pues nos sitúa más allá de la superficie y nos hace mirar a los demás en su dignidad profunda. ¿Dónde está ese más allá de
la superficie? En Jesucristo, en sus palabras con las que nos llamaba a permanecer en la unidad. La unidad es superior al conflicto. Y el Señor legitimó a quienes tenían y debían mantener esa
unidad frente al conflicto. Ayudadme a mantener la unidad. Un buen discípulo de Cristo es quien acepta esta apuesta, que no es sincretismo.
Con gran afecto os bendice
+ Carlos, Arzobispo de Valencia