No tengáis miedo: Atreveos a ser santos

Cuando este Domingo pasado meditaba el texto del Evangelio, intuí que debía de escribiros esta carta y darle el título que veis: “No tengáis miedo: atreveos a ser santos”. Y es que hoy, con la misma valentía que Juan Bautista mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús “¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”, con el mismo entusiasmo, debemos aceptar la respuesta de Jesús: “Id y contad a Juan lo que oís y veis”. Es cierto, quien acoge a Jesucristo en su vida tiene una luz en sus ojos y en su corazón que le hace ver lo que antes era impenetrable, le hace caminar con la elegancia que Dios regala al corazón de quien se deja invadir por Él, lo cura de las heridas más profundas que la vida le hace y tiene una atención especial para escuchar la mejor palabra que un ser humano puede oír, como es la que viene de Dios. En definitiva, se hace verdad en su vida lo que el Señor dijo a la gente con respecto a Juan, “el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él”. ¿Sabéis por qué el más pequeño es mayor que Juan Bautista? Porque los que pertenecemos al Reino tenemos la vida que Jesucristo nos ha dado, somos santos porque el Santo que es Cristo está en nosotros. Por eso podemos decir con San Pablo, “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

¿Quién es un santo? Simplemente, una persona a quien Dios ha concedido tomar como tarea esencial y fundamental de su vida este mandato: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6, 5; Mt 22, 37. 39). Todos los días cuando cogemos el calendario litúrgico, vemos como están llenos de santos, de personalidades cristianas, que han vivido con una dignidad singular la realidad de haber sido invadidos por la vida del Señor. Precisamente por ello, en la tradición cristiana, se nos ponían nombres cristianos, es decir, de hombres y mujeres que habían conmovido a los demás por la identificación de su vida con la de Jesucristo, en algún aspecto singular de la misma. En este Adviento, tengo la necesidad de invitaros a ser santos, a no tener miedo a serlo, a ser valientes para entregaros a esta tarea apasionante de dar rostro al Señor. Como nos ha dicho el Papa Francisco: “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (EG 23). Ser santos es saber brindar a todos los que nos encontremos por el camino la misericordia de Dios, la que nos ha revelado Jesucristo, la misericordia que es la justicia de Dios.

Atrevámonos a involucrarnos en dar esta misericordia. Para ello es imprescindible asumir en nuestra vida tres tareas esenciales: 1) Dejarnos lavar los pies por el Señor. Nos identificamos con su entrega eucarística. Acojamos y hagamos vida el texto de Juan 13, 1-17. Es el texto del lavatorio de los pies. Recordad cómo es la reacción de Pedro cuando el Señor llega a él: “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Y descubrid, ante la insistencia de Pedro de “no me lavarás los pies jamás”, la respuesta de Cristo: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. “Tener parte con” es la descripción más hermosa de lo que es la comunión, pues significa tener en común la posesión de lo que es de Él. En definitiva, es el Señor el que nos acoge en la comunión con Él. Y es que la experiencia de comunión y de vida con el Señor no se inicia en mi persona, sino en la persona del Señor. Es Él quien toma la iniciativa. Por eso nos dirá: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?... Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. 2) Ser y vivir un solo Cuerpo. Nos asimilamos e incorporamos a Él. Reunidos en un solo Cuerpo. La comunión no se hace sino que se recibe. Esto es lo que decimos en la celebración de la Misa cuando el Señor se hace presente realmente en el Misterio de la Eucaristía y el sacerdote dice “este es el sacramento de nuestra fe”. ¡Qué maravilla! Cristo se da a sí mismo por nosotros. Nos llama a tomar parte con Él, instaura unas relaciones nuevas, las que son verdaderas, pues construyen y hacen crecer a uno mismo y a los demás. Participando de este Misterio, prolongamos su muerte y resurrección y la testimoniamos con nuestra vida. 3) Vivir de este misterio: “haced esto en memoria mía”. Aquí descubrimos la razón de ser de la Iglesia y de su misión. En el fondo, nos está diciendo el Señor que, haciendo memoria, realizamos la comunión y lo hacemos presente en el mundo, regalamos su misericordia, su tierna misericordia que nos lanza a la misión. ¡Qué hondura tienen las palabras del Papa Francisco!: “El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifiesta su potencia liberadora y renovadora” (EG 24).

Tenemos que darnos cuenta de todo el significado que tenía ser santo en la Iglesia primitiva. Lo comprobamos cuando San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, la inicia diciendo ese saludo que tantas veces hemos escuchado: “Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en Acaya”. Y en la misma conclusión dice: “Todos los santos os saludan…”. ¿Quiénes son estos santos? Se refiere a todos los cristianos que él ha conocido, que les ha dado testimonio de Jesucristo y ellos han acogido al Señor, su Buena Noticia, la han aceptado por la fe y han renacido a la vida nueva por el Bautismo. Y es que, en el inicio del cristianismo, hacerse cristiano era algo extraordinario, pues se desprendían de la manera de vivir anteriormente, hasta el punto de que se hacía extraño el modo de vivir y de estar en el mundo que tenían y que el mismo apóstol había vivido. De tal manera que, quien era cristiano daba por amor a Dios un paso que no sabía las consecuencias a las que le iba a llevar, pues podía ser hasta la muerte. Por ello, San Pablo habla de los santos, de aquellos hombres y mujeres que conocían la grandeza que daba el acoger a Jesucristo en la vida. Vivir una existencia nueva dada y regida por Dios mismo era su aventura, su testimonio y su propuesta a todos los que les rodeaban. Esta es la propuesta que se nos hace en el Adviento, prepararnos para acoger a Jesucristo en nuestra vida. Es cierto que, cuando los cristianos aumentan en número, a veces se banaliza ese amor sin reservas a Dios.

Atrevámonos a ser santos del modo y manera a la que el Señor nos llame, pero siempre con esa exigencia del amor de Dios que nos saca de lo cotidiano y banal, y nos impulsa a realizar algo extraordinario en la vida de cada día y al lado de todos los hombres. Seamos testigos de esa grandeza eternamente nueva que se hace posible solamente por Jesucristo. Reflejemos la luz del Señor acuñando modelos y mostrando objetivos y caminos nuevos. Seamos testigos del amor de Dios, que es camino de totalidad, de ese camino del que nos habla el mandato del Señor: con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. En medio de la vida que suele enredarse en el egoísmo y la mentira, mostremos lo que determinó la vida de los hombres en la creación y en el rostro de hombre que nos revela Jesucristo, que no es poner en primer lugar la propia voluntad, sino poner por delante de la voluntad de Dios. Querer la voluntad de Dios, eso es amor. Y eso es mostrar el rostro de la misericordia que es Jesucristo.

Con gran afecto os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia