Jesucristo, el gran "Sí" de Dios al hombre

Ha sido una buena introducción para comenzar el Adviento, para esperar a Jesucristo: el domingo pasado clausurábamos el Año de la Fe. Hemos dado gracias a Dios por esta inmensa gracia que nos ha dado, por la llamada que nos ha hecho y por el compromiso que desea hagamos en nuestra vida. Lo hemos clausurado, también, dando gracias a Dios por la beatificación de un grupo de religiosos y religiosas que en nuestra Archidiócesis de Valencia dieron la vida por Cristo. Se nos presentan como unos hombres y mujeres que tuvieron la gran audacia y valentía de poner en el centro de su vida a Jesucristo. Y ello les motivó a que, en los momentos difíciles y de persecución, no tuvieran inconveniente de decidirse por obedecer a Dios antes que a los hombres, con la grandeza de corazón de defender una manera de entenderse a sí mismo, a los demás, a la historia, al modo de hacer y construir el mundo, que reveló Nuestro Señor Jesucristo. Bendito sea el Señor que es capaz de hacer, con su gracia y con su amor, con su misericordia y su compasión, corazones tan grandes que, aun a quienes les quitan la vida, son capaces de decirles “te perdono, eres mi hermano, no sabes lo que haces, pero te regalo el amor de Dios del cual vivo”. ¡Cómo no vamos a esperar al Señor! ¡Cómo no vamos a querer contemplar su rostro! ¡Cómo no prepararnos para recibirlo en nuestro corazón!

Este tiempo de Adviento nos prepara para recibir al Señor en nuestra vida, para hacerle un hueco en esta historia que tan necesitada está de luz, de vida y de amor. ¡Qué fuerza tiene descubrir que Jesucristo no usa su igualdad con Dios, su dignidad de gloria y su poder como instrumento de triunfo! No. Él no es distancia, ni expresión de supremacía. Al contrario, se despoja de su rango, se vacía de sí mismo, se sumerge en la condición humana que tiene miserias y debilidades; su forma divina se oculta bajo la forma humana, que se muestra marcada por el sufrimiento, la pobreza, el límite, la muerte (cf. Fl 2, 6-7). ¡Qué maravilla, Dios no toma sólo apariencia de hombre, sino que se hace hombre, se hace uno de nosotros, se hace Dios con nosotros! Así, la realidad de Jesucristo es divina en una experiencia auténticamente humana. Y brota ese gran “sí” que, en Jesucristo, Dios dijo al hombre, a su vida, al amor humano, a su libertad, a su inteligencia. De ahí que la fe en el Dios que tiene rostro humano, necesariamente trae alegría al mundo, esperanza, buena nueva, cambio de los corazones y de su realidad interior, cambio de corazón por ello. El cristianismo está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en todas las culturas. “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Fl 4, 8).

Ha de ser el Cristo mismo quien llene nuestros corazones y nos impulse a evangelizar y a salir por los caminos del mundo a proclamar el Evangelio a todos los pueblos de la tierra. El Adviento nos prepara para, entrando en comunión con Jesucristo, decir el gran “sí” del hombre a Dios. Es en el encuentro con Él donde podemos dar ese “si”, confesando la fe en el Señor Resucitado. En medio de nuestras casas y familias, en las realidades con las que cada uno de nosotros vivimos, Él nos anima a confesar públicamente la fe. Ha sido el Año de la Fe una invitación a vivir en una auténtica y renovada conversión a Nuestro Señor Jesucristo, que se nos manifiesta como el único salvador del mundo. Y el tiempo de Adviento nos llama a realizar una conversión personal y pastoral. Son las dos necesarias: una para que nuestra vida sea rostro de Cristo, porque Él es el verdadero rostro de Dios y del hombre; pero, también, la conversión pastoral, pues tenemos que leer los signos de nuestro tiempo, las realidades que viven los hombres para acercarnos a ellos y ser discípulos misioneros que anuncian, hacen creíble y atraen a los hombres hacia Jesucristo, pues ven en ellos el rostro de Dios porque Él nos da su rostro y el rostro del hombre. Todo nos lo regala con su gracia. Es en el encuentro con Jesucristo donde voy conociendo poco a poco a Dios y voy cayendo en la cuenta de lo que tengo que ser como humano creado por Dios y al que se le ha regalado la vida misma de Cristo.

¡Qué maravilla el “sí” de Dios al hombre en Jesucristo! Este hecho hace que todos puedan percibir y comprender que el ser cristiano es un gran “sí”. Es el “sí” que viene de Dios y se concreta en el Misterio de la Encarnación. Y se comprende cuando el Señor de la vida y de la historia toma rostro en Belén. Para prepararnos a este acontecimiento vamos a vivir con intensidad el Adviento. Situemos nuestra vida, nuestra existencia dentro de ese “sí”. De este modo nos penetraremos de una capacidad para realizar nuestra vida cristiana en todos los momentos y en todas las fases de nuestra existencia. También, en las que no son fáciles y cuando aparecen las dificultades. Llenos, invadidos y envueltos en ese “sí”, desde lo profundo de nuestro ser, seremos discípulos misioneros, es decir, testigos vigilantes, confiados, alegres y contemplativos.

El Adviento es un tiempo de gracia para descubrir la necesidad más grande que tienen los hombres. Cuántas personas hoy van por los caminos de este mundo haciéndose la misma pregunta que Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Y qué fuerza provocadora tiene la respuesta que le da Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Los discípulos misioneros han de ser hombres y mujeres que con sus vidas den esta respuesta. Y la den con la convicción absoluta de que es a Jesucristo a quien necesitan todos los hombres, a quien necesita este mundo y necesita esta historia que juntos vamos construyendo. Él es necesario en esta construcción, pues Él construye siempre y levanta, da las medidas verdaderas que tiene que tener cada hombre y esta humanidad. Con la alegría de la fe somos discípulos misioneros que proclamamos el Evangelio de Jesucristo, que es la buena nueva de la dignidad del ser humano, de la vida, del trabajo, de la familia, de esa solidaridad que es vivir siempre para los otros y, muy especialmente, para el que más lo necesita y que tiene una palabra que traduce todo esto como es la caridad, “amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).

El discípulo misionero es el que asume construir la “cultura del encuentro”, la que hizo Dios mismo en el Misterio de la Encarnación, que quiso encontrarse con los hombres en su propia condición. Nada tuvo que ver con la cultura del enfrentamiento, del conflicto o, como dice el Papa Francisco, la cultura del descarte. La conversión que nos pide el Señor para estar preparados a su nacimiento es la que nos hace más sensibles y nos capacita más y mejor para, no solamente comprender los problemas y las situaciones humanas, sino para dar soluciones con nuestra vida y compromiso, de tal modo que nada se convierta en fuentes de lucha, de egoísmos, de orgullo, de discriminación, sino que sea fuente para enderezar todo por las vías de la justicia y del bien común, donde la caridad asume el puesto primero y más alto en la vida práctica, pues es la caridad quien todo lo hace posible y todo lo renueva. En la Virgen María, figura singular del Adviento, vemos el modelo de perfección cristiana, el espejo de virtudes sinceras, la maravilla de la verdadera humanidad. El discípulo misionero va al encuentro con el mundo y con los hombres que le toca vivir, se hace palabra, mensaje y coloquio, siguiendo las huellas de su Maestro que es Cristo.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia