¡Confío en ti, Señor!

El domingo 21 de abril celebraremos la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que el siervo de Dios Pablo VI instituyó durante la celebración del Concilio Vaticano II. En este cuarto Domingo de Pascua, toda la Iglesia se pone en oración y pide al Señor mande sacerdotes y también hombres y mujeres que respondan con generosidad a la llamada que el Señor les hace a vivir en los diversos carismas que Él ha regalado a la Iglesia y constituyen la Vida Consagrada. El lema de esta Jornada que ha elegido la Iglesia en España es: “¡Confío en Ti!”. La Iglesia y nuestro mundo necesitan sacerdotes, hombres que, llamados por el Señor, presten su vida para que, configurados por Jesucristo, a través de ellos Él se haga presente y siga obrando maravillas, siga alimentando a los hombres con su Cuerpo y la Sangre, siga regalando su perdón y acercando su misericordia, siga situando a todos los hombres en la esperanza verdadera, siga creando esa civilización del amor fruto de la vitalidad que engendra la fe y el amor. De igual manera, este mundo necesita de la Vida Consagrada que dé signos de esperanza fundados en la fe; hombres y mujeres que, con su vida y sus obras, en su ser y obrar, rememoran la manera de ser y de vivir de Jesucristo, pobre, obediente y casto. Los sacerdotes y los miembros de la Vida Consagrada entregan la esperanza que solamente da Jesucristo

En esta Jornada de Oración por las Vocaciones, os entrego esta carta que aspira a ser una comunicación llena de afecto fraternal y familiar y de esperanza. Os hablo como un padre habla a sus hijos: pedid con insistencia vocaciones al Señor, dejad que los jóvenes tengan horizontes en los que se pueda escuchar la llamada del Señor, valorad el ministerio sacerdotal y la Vida Consagrada para la existencia de los hombres. ¡Qué maravilla ver a la Iglesia custodiando los planes de Dios, guardándolos no para sí misma sino para entregarlos a todos los hombres! Mediante la acción de la Iglesia y en fidelidad firme a Cristo, esos planes llegan para los hombres y para esta humanidad. Todos los cristianos somos necesarios. Para eso nos ha llamado Cristo a la pertenencia eclesial. Pero, precisamente ahí, el ministerio sacerdotal que es presencia de Cristo mismo tiene una importancia capital para la vida y misión misma de la Iglesia. Porque lo instituyó el mismo Cristo. Además, la Vida Consagrada con la que el Señor ha querido enriquecer a la Iglesia, muestra que Cristo es el único tesoro verdadero, lo es más importante y fundamental para la vida de los hombres y para la vida del mundo.

La Iglesia mira cada momento de la historia con la misma mirada de Cristo, pide a todos mayor perfección y propone el camino para una renovación con sabiduría que haga creíble a Nuestro Señor Jesucristo. Hay que hacer vibrar los corazones de todos los hombres y mujeres de este mundo, regalar la esperanza que viene de Dios, entregar gozosamente la adhesión a Jesucristo. Surgirán vocaciones al ministerio sacerdotal y a la Vida Consagrada si los cristianos, en cada una de nuestras comunidades, decimos con palabras y obras: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). La Iglesia, Cuerpo de Cristo, tiene que establecer con el mundo unas relaciones en las que muestre el rostro de Cristo y haga percibir este amor. Es necesario instaurar esa vida nueva en Cristo de la que nace la paz entre los pueblos, que elimina la miseria y el hambre que afligen cada día más a tanta gente, que urge a que todos puedan acceder a la dignidad que todo ser humano tiene por ser imagen de Dios, que promueve en el corazón buscar que todos los hombres tengan reconocidos sus derechos. La Iglesia, en nombre de Cristo, tiene que realizar este amoroso servicio en el mundo y ha de provocar que los hombres sean y vivan como verdaderos hermanos en virtud del reino de la justicia y de la paz inaugurado con la venida de Cristo al mundo. Que el Señor mande a su Iglesia sacerdotes que alimenten con el alimento verdadero a los hombres. Estamos ante una necesidad urgente, pues, como nos recordaba San Agustín, de lo que comemos damos, es decir, si nos alimentamos de Cristo daremos a Cristo y haremos las obras de Cristo. En cambio, ¿qué sería de nuestra vida y de la dirección de nuestras acciones y de nuestras relaciones con los demás, sin este alimento verdadero que es Cristo? ¿Qué sería de nuestra vida sin el perdón del Señor, sin situar nuestra existencia siempre ante la Verdad que es Cristo mismo? Cristo quiere sacerdotes para su Iglesia. Que el Señor llame a hombres y mujeres a la Vida Consagrada es una gracia inmensa, porque hace cercano, operante y benéfico el contacto de vidas diseñadas, teniendo como único tesoro a Jesucristo, con los caracteres propios e inconfundibles de cada carisma.

Quiero dirigirme a vosotros, los jóvenes, con la sinceridad que sabéis acostumbro: pedimos al Señor que regale a su Iglesia vocaciones para el ministerio sacerdotal y para la Vida Consagrada. Y ¿no puede ser que alguno de vosotros esté ya sintiendo la llamada que el Señor hace? No regateéis la vida con el Señor, dádsela, tened valentía para ser vasija que en esta tierra da de beber a los hombres el agua que quita la sed, que es el mismo Jesucristo. Estas llamadas siempre surgen de una experiencia profunda de encuentro personal con Cristo, nacen de mantener un diálogo sincero y confiado con Él, brotan de un encuentro propiciado al estar vigilantes y, así, descubrir que nos llama a entrar en su voluntad. Se emprende, de esta manera, un itinerario personal que, con todas las consecuencias, acoge la llamada del Señor dando todo lo que uno es y tiene, en fe, generosidad y pasión misionera. Esto solamente se puede realizar alimentándonos de la Eucaristía, manteniendo un diálogo permanente con el Señor a través de la oración y celebrando el Sacramento de la Penitencia o Reconciliación. 

Familias, padres y madres, todos los que tenéis alguna responsabilidad sobre los jóvenes: no podemos permanecer indiferentes e inmóviles ante los cambios y las necesidades del mundo. La Iglesia no está separada del mundo, vive en él. Y los cristianos dan en el mundo el buen olor de Cristo, se acercan y entregan la vida misma de Cristo. Es bueno que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Es Él quien vive en la Iglesia, quien enseña por ella, quien comunica su santidad por ella, quien se manifiesta en los diversos miembros. Nos lo dijo el mismo Señor: Él es la vid, nosotros los sarmientos (cf. Jn 15, 1ss). Nos lo dice el Apóstol Pablo: “vosotros sois una sola cosa en Cristo Jesús” (Gal 3, 28); “…crezcamos en Él en todo sentido, en Él que es la Cabeza de Cristo, por quien vive todo el cuerpo…” (Ef 4, 15-16). Recojo unas palabras de San Agustín que alientan nuestra vida: “alegrémonos y demos gracias, porque hemos sido hechos no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, os dais cuenta, hermanos, del favor que Dios nos ha hecho? Admiraos, gozaos, hemos sido hechos Cristo. Pues si Él es la Cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total El y nosotros… la plenitud, pues, de Cristo, la Cabeza y los miembros. ¿Qué es la Cabeza y miembros? Cristo y la Iglesia” (In Jn. trac., 21, 8; P. L., 35, 1568). Ser llamados por el Señor al ministerio sacerdotal o a la Vida Consagrada, ni es orgullo, ni presunción, tampoco es locura u obstinación. Es esa luminosa certeza y gozosa convicción de ser herederos del Evangelio y llamados a una singular tarea en la Iglesia y para el mundo. Estoy seguro que a algún chico o chica hoy, está diciendo al Señor: “¡Confío en Ti!”.

Con gran afecto, os bendice