El sacerdote, todo de Dios y de los hombres

Cuando llega la fecha en que celebramos el Día del Seminario, domingo 10 de marzo, tengo necesidad de dirigirme a todos los cristianos para que descubramos el valor inmenso del ministerio sacerdotal, y de hacer también una llamada especial a todos los jóvenes de nuestra archidiócesis de Valencia. En este Año de la Fe se nos propone como lema del Día del Seminario unas palabras del Apóstol San Pablo: “Sé de quién me he fiado”. Cuando el ser humano, en este momento y en estas circunstancias, pierde certezas y confianzas, ¡qué fuerza tiene proponer a los hombres que se fíen de Dios! “Sé de quien me he fiado” es una expresión en la que el Apóstol manifiesta la certeza y la seguridad de que quien le ha llamado a este ministerio y quien le provoca dedicar la vida al anuncio del Evangelio no es otro más que Jesucristo.

Hay momentos en la vida que son especialmente emocionantes. Uno de ellos lo vivo siempre que visito nuestros seminarios, cuando veo a quienes se están preparando para el ministerio sacerdotal y puedo decir cuando les saludo y les miro: Cristo lo ha elegido (cf. Flp 3, 12-14), y ahora tienen un tiempo de preparación y discernimiento para que, cuando llegue el momento, por la imposición de las manos, el Señor los haga conforme a Él por el carácter sacerdotal, todo de Dios y todo de los hombres, para servir a la Iglesia y a los hombres de hoy. A este servicio consagrarán todo lo que son, todas sus fuerzas físicas y espirituales. Impresiona y conmueve pensar en el don del sacerdocio. Ciertamente, es un prodigio realizado en unos hombres a los que el Señor elige, pero no para ellos mismos: “Como me envió mi Padre, así os envío yo” (Jn 20, 21). El sacerdote es un enviado. Siempre me fascinaron unas palabras del Santo Cura de Ars: “¡El sacerdote es un hombre que ocupa el puesto de Dios, un hombre que está revestido de todos los poderes de Dios!... El sacerdote no es un sacerdote para sí mismo. No se da la absolución a sí mismo. No se administra los sacramentos. No existe para sí: existe para vosotros”.

En una situación cultural como la nuestra, en la que no se presenta solamente un centro, sino muchos y que se siente inclinada a relativizar todo tipo de concepción que afirme una identidad, es importante tener claro lo peculiar del ministerio sacerdotal, porque no lo podemos reducir a categorías culturales dominantes. Es muy necesario tener en cuenta el contexto de secularización generalizada en el que estamos, pues tenemos y debemos ser conscientes de que este contexto intenta excluir a Dios del ámbito público y de la conciencia social. Cuando nosotros, los cristianos, creemos y afirmamos el misterio de la Encarnación, Dios se hizo Hombre y habitó con nosotros, esto debe tener consecuencias. Este contexto hace que el sacerdote tenga que afirmar, mostrando con su vida entera, en público y en privado, que es de Dios y sirve a los hombres. Y que tenga que manifestar los aspectos más fundamentales de su ministerio, como hombre de Dios, que es tomado del mundo para interceder a favor del mundo y que es constituido en esa misión por Dios y no por los hombres. “Sé de quien me he fiado”.

Es necesario superar todos los reduccionismos que proceden de entender el ministerio sacerdotal desde categorías más funcionales que ontológicas, es decir, más en función de lo que hacemos que de lo que somos, y que tienden a presentar el ministerio sacerdotal en este mundo secularizado casi como un agente social, traicionando así lo que es en verdad el sacerdocio de Cristo. Con los jóvenes hay que tener valentía y presentarles la fuerza que tiene el ministerio sacerdotal, la posible llamada que está en su corazón y que, por tantos ruidos que tienen, no oyen. Hay que animarles a que hagan silencio y que, en una conversación sincera y abierta con el Señor, descubran si les llama para realizar lo más grande que hay para un ser humano: prestar la vida para que Jesucristo se haga presente entre los hombres. Y es así de tal manera que Jesucristo nos identifica consigo mismo, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es Él quien actúa por medio de nosotros; Él es quien habla cuando el sacerdote, ejerciendo su ministerio, anuncia la Palabra de Dios; Él es quien cuida a los enfermos, a los niños, jóvenes, adultos, ancianos, pecadores; Él es quien los envuelve en su amor con la solicitud pastoral de los sacerdotes. Por ello, hay que presentar la vocación al ministerio sacerdotal haciendo ver que sigue siendo un gran misterio. El Señor elige a hombres con debilidades y limitaciones, para seguir regalando a muchos hombres ese don precioso que nace de configurarnos a Él y de hacernos partícipes de su misión salvadora. ¡Qué maravilla, precisamente en este tiempo en el que vivimos, hablar de Dios a los hombres y al mundo y presentar a los hombres y al mundo a Dios!

Me dirijo a vosotros los jóvenes. Quiero haceros en este Día del Seminario una invitación muy especial: ¿Habéis sentido en algún momento de vuestra vida que el Señor os llamaba para ser sacerdotes? ¿Estáis dispuestos a consagrar la vida entera al servicio de Dios y de la Iglesia? ¿Estáis dispuestos a escuchar al Señor con atención y sin reservas? Mirad que se trata de consagrar la vida con fe, con convicción madura, con decisión libre, con generosidad a toda prueba, con la decisión de apoyar toda vuestra vida en Jesucristo, de dejaros hacer por Él, de prestarle vuestra vida para que se convierta en una especie de cristal que le transparente a Él. Las llamadas del Señor siempre existen y siempre encuentran respuesta. Pedid consejo. La Iglesia tiene que seguir realizando su misión y hoy es más necesario que nunca anunciar la Buena Nueva que es Cristo. Creedme, os necesitan los hombres, aunque parezca que pasan de Dios. En este mundo afectado por tantas turbaciones, son necesarios hombres que, como decía el Beato Juan Pablo II, asuman como manera de vivir “tener forma eucarística”. En varias ocasiones dijo que “la existencia sacerdotal ha de tener, por título especial, forma eucarística”. Cuando os hablo así a los jóvenes, lo hago desde la fuerza apasionada por servir en este momento a todos los hombres el mismo amor que movía a Cristo a estar de su parte. “Sé de quien me he fiado”.

Los jóvenes de nuestra Archidiócesis de Valencia muchas veces me habéis oído en los encuentros de oración que todos los meses tenemos, estas palabras: Escuchad la llamada de Cristo cuando oís que os dice: “sígueme”. Escuchad al Señor cuando os invita y os dice: seguid mi camino, estad a mi lado, permaneced en mi amor. No temáis, es algo maravilloso comunicar la paz de Cristo, promover su justicia, difundir su verdad, proclamar y vivir su amor. Y a esto estáis llamados todos. Pero estoy seguro que a algunos os llama al sacerdocio. No temáis decir con todas las consecuencias “sí”. No temáis entregaros únicamente y para siempre a Cristo. No vaciléis en apoyaros en su fuerza y en creer que su amor os sostendrá siempre en el servicio a vuestros hermanos. Decid con fuerza y convicción: “sé de quien me he fiado”.

A todos los cristianos y a todos los que creéis que la propuesta de Cristo entrega a los hombres lo que más necesitan, como es exigencia de verdad, justicia, amor, y solidaridad, y que es merecedora de ayuda y atención, os pido en este Día del Seminario, que me ayudéis con vuestra oración y aportación económica a sostener nuestros seminarios.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia