Signos de la presencia de Cristo Resucitado en el mundo

El día 2 de febrero, coincidiendo con la fiesta de la Presentación del Señor, celebramos desde el año 1997 la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. El Beato Juan Pablo II instauró esta fiesta en la Iglesia para que todos los creyentes, en ese día, orásemos de forma especial por la Vida Consagrada y la pusiéramos a la vista de todos, de tal manera que descubriésemos que, con su modo de vivir el seguimiento de Jesucristo, hacen brillar la luz del Evangelio. El lema de esta Jornada surge de unas palabras que el Papa Benedicto XVI nos entrega en este Año de la Fe y que tienen una impronta singular para la Vida Consagrada: “signos de la presencia de Cristo Resucitado en el mundo”. Las palabras eran éstas: “Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin”. (Porta Fidei, n. 15).

Haced memoria. Hay una tarea esencial en todos los consagrados, como es vivir con la conciencia clara de que ha sido Jesucristo quien os ha llamado y ha invitado a una unión más profunda con Él. Es verdad que todos los cristianos en el Bautismo renuncian a Satanás y a sus obras, y reciben las gracias necesarias para la vida cristiana y para la santidad. Por el Bautismo hemos sido injertados en Cristo. Desde ese momento en que recibimos en nuestra existencia la vida de Cristo, brotó en nosotros la gracia de la fe que nos ha permitido unirnos más y más a Dios. Pero deseo que hoy caigáis en la cuenta de lo que supone vuestra Vida Consagrada. En el momento de la profesión o de la promesa, la fe os ha llevado a una adhesión total e incondicional al misterio de Jesucristo, cuyos tesoros habéis descubierto. Ese tesoro que es Jesucristo es quien os lleva a realizar la profesión o promesa. De tal manera que, al ver y descubrir esos tesoros, habéis renunciado en total libertad a cosas buenas, a disponer libremente de vuestra vida, a formar una familia, a acumular bienes y así poder entregaros sin reservas de ningún tipo a Cristo y a su Reino. Habéis querido que vuestra vida sea un signo claro de la presencia de Cristo Resucitado en el mundo. Recordad aquel entusiasmo y aquella decisión audaz y valiente que os llevó a iniciar una peregrinación por esta vida, confiando en la ayuda de la gracia sin más y en la certeza que os da Jesucristo de que ser signo claro de su presencia es un bien para todos los hombres.

¡Qué hondura adquiere la vida humana en los consagrados! Aquellos que sois elegidos por Dios para la Vida Consagrada, lo único que debéis anhelar es el Reino de Dios, que Dios reine en vuestras voluntades, en vuestros corazones, en el mundo. Con vuestra vida sois un canto, un poema, una afirmación, de lo que es Dios para los hombres. ¡Qué fuerza tienen las vidas que con decisión se entregan para ser signos de la presencia de Cristo Resucitado en el mundo! Proclamar en medio de este mundo, a veces desorientado, que Dios es el Señor de la existencia y de la historia, que “su gracia vale más que la vida” (Sal 62, 4), es una misión que contiene la Belleza más grande. Por eso, tiene una fuerza especial elegir la obediencia, la pobreza y la castidad que vivió Nuestro Señor Jesucristo. Esta elección muestra que todo apego y amor es incapaz de saciar definitivamente el corazón del ser humano y que, por su naturaleza, la Vida Consagrada constituye una respuesta a Dios, total y definitiva, incondicional y apasionada, cuando dejamos que sea Cristo quien conquiste nuestro corazón. Así elegimos a Cristo. Y todos los seres humanos que están sedientos de verdad, quedan impresionados y atraídos por quienes no dudan en dar la vida, su propia vida, por lo que es el tesoro más grande. Vivir de la fe en Jesucristo, de su amor, de la confianza en su persona y poner la vida a disposición de Él, eso es ser “signo de la presencia de Cristo Resucitado en el mundo”. En el Año de la Fe, ¡qué hondura tiene saber que “la fe es creer en este amor de Dios…, un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la da”! (Benedicto XVI, Audiencia general. 24-X-2012).

A vosotros los consagrados os hago, en este Año de la Fe en que celebramos la Jornada de la Vida Consagrada, estas propuestas –y a los cristianos os pido que sean peticiones al Señor para la Vida Consagrada–:

1. Dar gracias a Dios: Son muchos los hombres y mujeres que, desde la Vida Consagrada, son ejemplo permanente y suscitan en el corazón de todos los que les rodean el deseo de seguir a Cristo para siempre de modo íntimo y total. Ellos saben perseverar en medio de las dificultades reales que la cultura, el ambiente y los obstáculos de diverso tipo, plantean en la misión y en el ser signos, Pero es más grande la fuerza y más fuerte la gracia de Dios.

2. Vivir un trato íntimo con el Señor: Solamente de ese trato brota y se alimenta el poder permanecer como signos de la presencia de Cristo en medio del mundo. Nunca caigamos en la tentación de alejarnos de ese trato íntimo con el Señor, a pesar de los múltiples intereses que vengan a nuestro corazón y a nuestra vida. Cultivad la dimensión mística, es decir, mantened siempre vuestra vida unida al Señor a través de la contemplación. Haced lo que enseña la Escritura del “profeta”: primero, escucha y contempla; después, habla dejándose impregnar totalmente por el amor de Dios, con lo que nada teme y descubre que este amor es más fuerte que la muerte.

3. Ser presencia anticipada de los valores del Reino: Fijaos lo que busca y lo que entrega nuestra cultura en la que, a veces, todo se reduce al bienestar, el tener, el placer como objetivo de la vida; que exalta la libertad, pero prescinde de la verdad sobre el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. En vosotros siempre, pero más que nunca hoy, la Vida Consagrada tiene que mostrar testigos fuertes de que hay una manera diferente de vivir con sentido. Debéis de recordar con vuestra vida que el Reino de Dios ha llegado regalando el mismo amor de Dios.

4. Ser expresión del rostro vivo del amor de Dios y, al mismo tiempo, hablar de Dios: Para ello conservad el corazón y la mirada fijos en el Señor, de tal modo que todos los miembros de la Vida Consagrada, en las múltiples maneras que la Iglesia aprueba para vivir la consagración, entreguéis con vuestras obras y con la donación de vosotros mismos ese mismo amor de Dios que acogéis en vuestras vidas.

5. Vivir vuestra libertad con la originalidad de Cristo: No busquéis otras originalidades. Habéis sido llamados por el Señor y, libre y voluntariamente, os lanzáis a anunciar el Evangelio con la originalidad propia de vuestro carisma. Sed emprendedores, audaces, con la imaginación que en Jesucristo encontraron vuestros fundadores. Sed generosos. Vigilad las influencias que puedan venir del mundo y vivid siempre desde el primado del amor a Dios y al prójimo.

6. Vivid con fuerza la comunión con la Iglesia: Tal y como el Concilio Vaticano II y el Magisterio de la Iglesia nos pide (cf. Christus Dominus, 33-35; Código de Derecho Canónico, cc. 678-680).

Con gran afecto os bendice


+ Carlos, Arzobispo de Valencia