La familia, privilegio para aprender a dar y recibir amor

Este tiempo de Adviento que estamos viviendo es propicio para caer una vez más en la cuenta que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar, y que solamente se realiza plenamente cuando hace una entrega de sí mismo a los demás. Precisamente, la mejor manera de descubrir esto es en la familia cristiana, el ámbito más privilegiado para que cada persona aprenda a dar y recibir amor. El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo manifiesta de esta manera: “Dios, que creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, de manera que ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6)” (CIC 337). ¡Qué gracia más inmensa para esta humanidad, descubrir que la familia es un bien necesario, un fundamento indispensable para la sociedad! Los desafíos de nuestra cultura hacen que sean necesarias redes de apoyo y cercanía a la familia. La Sagrada Familia, que presenta la Iglesia como icono de la familia, debe ser para todos los cristianos una apuesta de servicio a nuestra sociedad, haciendo presente el Amor de Dios, tal y como Ella lo hizo en este mundo, a través de las iglesias domésticas que son las familias cristianas.

Hace días os hablaba de un proyecto de nueva evangelización, “familia misionera”. Os voy a decir más: la familia cristiana se tiene que significar en la sociedad y en la cultura en la que vivimos, donde se dan tantos desarraigos y tantas emergencias. De entre esos desarraigos, el más grande es el que tiene su origen en la ruptura que el ser humano vive en lo más profundo cuando retira a Dios de su vida y lo margina, cuando comienza a padecer esa enfermedad que es la incomunicación con Dios, cuando no tiene experiencia del Amor verdadero que es el que se nos ha manifestado en Jesucristo. La familia, en general, es el lugar del arraigo afectivo de las personas: el ser humano necesita ser amado y amar. Cuando le faltan cauces para vivir esta realidad del arraigo afectivo, queda indefenso y a merced de situaciones que, a la larga, producen heridas tremendas para sí mismo y para los demás. En este sentido, la familia cristiana está llamada a ser el primer testigo de lo que es el arraigo afectivo que toda persona necesita para crecer y desarrollarse como tal. La familia cristiana ha de ser testigo del amor de Dios en el mundo. La familia cristiana tiene que ser un argumento vivo, en medio de esta cultura, de que es posible el amor verdadero, el amor fiel entre un hombre y una mujer, generoso y no egoísta, fecundo, visible, palpable y operante, y que se manifiesta en los hijos.

La Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, sigue siendo un lugar privilegiado para mirarse las familias cristianas. Cuando hoy se da una disgregación grande de la familia y un empobrecimiento del amor en una cultura que genera egoísmo, ¡qué valor más significativo tiene la familia cristiana! Son verdaderos signos de evangelización. Hace días, en la fiesta de San Francisco Javier, leí un texto suyo en el que, ante tantas personas que tenían hambre de Dios en la tarea misionera que realizaba en oriente, describía cómo cuanto más se les decía quién era el Dios cristiano, con más afán pedían conocerlo. Por eso, San Francisco Javier pensaba para sí con qué fuerza y ganas volvería a la Universidad de París, de donde él había salido, para decirles a los jóvenes que no se entretuviesen en cosas secundarias y que fuesen con él a quitar el hambre que tanta gente tiene de Dios. Estas mismas palabras las diría yo hoy a tantos jóvenes y tantas familias: en una cultura que habla de un amor con medidas dadas por nosotros mismos, y no aprendidas de quien nos ha dicho que la verdad del Amor no es otro que Jesucristo, anunciemos la verdad de la familia. La familia cristiana es la escuela por excelencia en la que aprendemos que el amor es una única realidad con diversas dimensiones, en la que se unen el amor ascendente y descendente y en la que cada vez que se aproximan más las personas al otro, buscando siempre más la felicidad del otro.

Nosotros hemos recibido del Sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, un mensaje que no debemos olvidar, ya que, a través de nuestra Iglesia Diocesana aquí en Valencia, lo dijo al mundo entero el 8 de julio de 2006: “Mi deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio. Ésta es una institución insustituible según los planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre con sentido de responsabilidad y alegría” (Discurso al llegar a Valencia). Y nos manifestaba, al día siguiente, el 9 de julio de 2006: “La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral” (Homilía en Valencia).

Os presento algunas de las bienaventuranzas de la familia cristiana misionera con las que aprender a dar y recibir amor:

1. Bienaventurada la familia cristiana que, como iglesia doméstica que es, no deja de anunciar en medio de este mundo que el matrimonio y la familia son insustituibles y no hay otras alternativas.
2. Bienaventurada la familia cristiana que sabe que ha recibido la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, siendo reflejo del amor de Dios por los hombres y constructora de la paz en el mundo.
3. Bienaventurada la familia cristiana que sabe que sólo la fe en Cristo y la participación en la fe de la Iglesia la salva, y que tiene una vocación profética de manifestar el amor de Cristo.
4. Bienaventurada la familia cristiana que cree, firmemente, que ella es el ámbito privilegiado donde la persona aprende a dar y recibir amor.
5. Bienaventurada la familia cristiana que sabe que, en la medida que viva con más identidad cristiana, mejor expresará su vocación de anuncio de la Buena Nueva a este mundo, pues reflejará mejor lo que es: un bien necesario y fundamento indispensable para la sociedad.
6. Bienaventurada la familia cristiana que cree y se construye con lo que Cristo ha revelado: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15, 12-13).
7. Bienaventurada la familia cristiana que sabe, vive y asume que la misión entre los suyos pasa por ser cauce de transmisión de la fe y del amor del Señor, y también por formar personas libres y responsables.
8. Bienaventurada la familia cristiana en la que todos sus miembros realizan el compromiso de buscar tiempos para comunicarse entre ellos, para orar juntos y escuchar la Palabra de Dios, para celebrar juntos la Eucaristía dominical, para dar testimonio público de su fe.
9. Bienaventurada la familia cristiana que encuentra en la Sagrada Familia de Nazaret su prototipo, porque, unida en el sacramento del matrimonio, alimentada por la Palabra y la Eucaristía, está llamada a vivir su vocación y misión como célula viva de la sociedad y de la Iglesia e instrumento de unidad para todo el género humano.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia