Una propuesta de nueva evangelización: misioneros de la Fe

El día en que comenzábamos el Congreso Nacional de Pastoral Juvenil y en el que tenía yo la primera ponencia sobre “el primer anuncio”, coincidía que era primer viernes de mes y, por lo tanto, celebré el encuentro de oración con los jóvenes en la Basílica de la Mare de Déu dels Desamparats. Desde meses antes, había pensado inaugurar esa noche la llamada y el envío a los jóvenes de Valencia a ser “misioneros de la fe”, es decir, a suscitar en su corazón un deseo de vivir en actos su Bautismo, con el deseo de hacer llegar a otros jóvenes la vida de Jesucristo que ellos tienen y experimentan, y que es la que les hace ser jóvenes de verdad. Y esto hacerlo todos, vivan su fe en la parroquia, grupo, comunidad o movimiento que fuere, porque son jóvenes cuya identidad es ser miembros de la Iglesia que toma rostro aquí en Valencia. Por tanto, ¿a qué jóvenes llamo a ser “misioneros de la fe”? A todos los que, conscientes de su adhesión a Jesucristo y de su pertenencia a la Iglesia, estén en el grupo apostólico que fuere o en la comunidad con la singularidad que tuviere o en el movimiento en el que hubieren encontrado un modo de vivir la fe, quisieran hacer “el primer anuncio” a otros jóvenes. Se trata de un trabajo misionero que, en este Año de la Fe, con una confianza total en los jóvenes cristianos de nuestra Archidiócesis de Valencia, quiero entregar: que los que tienen y conocen al Señor propongan a Jesucristo a otros jóvenes, en los lugares donde habitualmente se encuentran con ellos. Es decir, “misioneros de la fe” ante jóvenes que, quizá, por situaciones diversas en sus vidas, desconocen al Señor, o que se alejaron de Él y de la Iglesia, o que, siendo practicantes en momentos muy determinados de su vida, viven la fe sin la intensidad y la fuerza que tiene que tener. Ser “misionero de la fe” supone mostrarles a Jesucristo con el testimonio de vida y con palabras, es decir, siendo testigos del Señor y sabios con la sabiduría que viene de Él, para que surja en ellos el deseo de seguirle, de conocerle. ¿Cómo hacer este anuncio? Hemos de regresar a ver cómo lo hicieron los primeros cristianos. La urgencia del anuncio es grande. Hay que dar a los hombres fundamentos para vivir, para tener esperanza, para salir de todos los atolladeros en los que nuestros egoísmos y nuestro encapsulamiento nos meten. Hay que dar salidas ciertas y creadoras de verdadero humanismo, el “humanismo verdad” que es el que nos muestra Jesucristo. Y la respuesta es sencilla, como los primeros cristianos. Hacerlo de una manera directa, sencilla, entregando la noticia de Jesucristo de primera mano, desde lo que cada uno de nosotros estamos viviendo y desde lo que supone en nuestra vida el haberlo conocido. Para ser testigo y mostrar la persona de Jesucristo y llevar a otros al encuentro con Él, simplemente basta con ser alguien consciente de la realidad que ha producido en nuestra vida el Bautismo: tenemos la vida de Jesucristo en nosotros y no la podemos guardar para nosotros, hemos de comunicársela a otros. Y esto es previo a ir a una catequesis. Así ha sucedido con cada uno de nosotros. Fue en nuestra familia, junto a nuestros padres donde tuvimos por primera vez la noticia de Jesucristo; después, en el colegio. También, nuestra cultura ambiente nos daba noticia de Él. Pero todo esto ha cambiado: hay jóvenes a los que en su familia no les han dado esta noticia, y en el colegio, tampoco. Y, por supuesto, la cultura ambiente, a veces con aires de libertad, cree que dar esa noticia limita a la propia cultura. Por ello, hay que buscar otros cauces para que, a los que no les llega por el camino que hasta ahora nos ha venido a nosotros, les llegue también, porque sigue siendo un imperativo el mandato del Señor de “id por el mundo y anunciad el Evangelio”. El método que tuvieron los primeros cristianos fue el de tú a tú, es decir, el darse noticia unos a otros. Y nos dice la Escritura que esto daba resultados, “se agregaban a la comunidad”. ¿Qué compromisos asume el “misionero de la fe”? Por lo pronto, uno muy claro que tiene tres pasos: 1) envío, que se realiza todos los primeros viernes de mes en el encuentro de oración en la Basílica y los segundos viernes de mes en las diversas parroquias de la Archidiócesis donde nos toque hacer el encuentro de oración; 2) un signo que expresa el compromiso que asumo, como es la imposición de la Cruz del “misionero de la fe”. Esa Cruz, muestra por un lado a Cristo Crucificado y, a sus pies, las manos de un joven que sostienen el “Santo Cáliz” que va llenándose de la Sangre de Cristo que sale de su costado, porque esto es lo que va a dar el joven, al propio Cristo, al otro joven con su testimonio y con su palabra; del otro lado, la Cruz tiene a la Mare de Déu dels Desamparats; y 3) el compromiso de, una vez al mes, hablar a otro joven de Jesucristo, naturalmente con palabras que nacen del encuentro con el Señor, que es quien me las da y me impulsa a hablar de Él. Esta experiencia ya la han vivido 234 jóvenes de nuestra Archidiócesis. Lo seguiremos haciendo en los próximos meses con todos aquellos que deseen ser intérpretes de la “nueva evangelización”. Anuncio de Jesucristo y, por ello, “nueva evangelización” que quiere hacer ver también a los jóvenes que Dios ha roto el silencio, que lo más importante que tiene que oír el ser humano nos lo comunica Él, que es la realidad más evidente y clara y que, solamente por Él, surge todo lo que existe y se sustenta todo lo que llamamos nosotros realidad. Dios se hace oír, Dios ha hablado, Dios existe, Dios es salvación, nos conoce, nos ama, ha entrado en la historia, ha tomado rostro en Jesucristo, sufre con nosotros hasta la muerte y resucita, se ha mostrado. La primera palabra, la iniciativa auténtica, la actividad verdadera viene de Dios y solamente si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos llegar a ser, con Él y en Él, evangelizadores de los jóvenes, misioneros de la fe en la “nueva evangelización” fundada en la oración y en su presencia real. ¡Qué maravilla poder confesar la fe y vivir en el amor! Las dos columnas o ejes de la “nueva evangelización” tienen que ser los de siempre: la confesión de la fe y el amor. Y la confesión no es algo abstracto, es amor. El amor es ardor, es llama, enciende a los demás. El joven “misionero de la fe” debe pedir al Señor que la confesión de la fe esté en él profundamente arraigada, de tal manera que se convierta siempre en fuego de amor que encienda a los demás jóvenes con los que hace esa confesión de fe. El “misionero de la fe” es fuego de presencia, de novedad que se hace visible, y de fuerza. No hay duda. Entre las iniciativas más importantes que tenemos que emprender ahora, una de ellas es hacer descubrir a otros la alegría de creer, la alegría de una vida que se adhiere a Jesucristo y que descubre en Él el verdadero rostro de Dios y del hombre. Ello requiere cristianos que tengan entusiasmo de comunicar con obras y palabras a Jesucristo. “Lo que importa es evangelizar –no de manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces– la cultura y las culturas del hombre…, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios” (EN 20). Peregrinar confesando y amando como Jesucristo a todos los desiertos que surgen cuando falta Dios en la vida de los hombres y, muy especialmente, en los jóvenes es una tarea urgente. Con gran afecto, os bendice + Carlos, Arzobispo de Valencia