Llamada a ser "Misioneros de la fe": Domund 2012

Cuando acabamos de inaugurar el “Año de la Fe” en la Iglesia, cuando se está celebrando el Sínodo de Obispos en Roma sobre la Nueva Evangelización, cuando el Santo Padre nos ha regalado para la celebración del día del DOMUND 2012 en la Iglesia un mensaje que tiene una fuerza extraordinaria de llamada a la conversión, “llamados a hacer resplandecer la Palabra de verdad”, me dirijo a todos vosotros con esta carta semanal para invitaros a participar activamente en la celebración del Día del DOMUND, el Domingo 21 de octubre de este año del Señor 2012. Un año en el que tenemos que dar gracias al Señor en nuestra Iglesia Diocesana, porque aquella imagen que el Concilio Vaticano II nos daba de una Iglesia presente en todos los continentes a través de misioneros que, llenos del Señor, estaban animados por la pasión de anunciar el Evangelio, sigue estando vigente en nuestra Archidiócesis de Valencia. Cuatro sacerdotes marchan en estos días a tierras de misión. Y es que “los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso. No podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de hermanos y hermanas, redimidos por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios” (RM 86).

El lema que las Obras Misionales Pontificias en España ha querido presentar este año, dice así: “Misioneros de la fe”. Quiere recoger lo que el Papa Benedicto XVI nos pide en este Año de la Fe, “Caritas Christi urget nos” (2 Cor 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo” (Porta fidei, 7). Hemos de sentir en lo más hondo de nosotros que el Señor nos está llamando a ir por el camino de nuestra vida proclamando con obras y palabras a Jesucristo. Los cristianos tenemos que asumir el compromiso que Nuestro Señor Jesucristo nos ha pedido desde el momento que hemos aceptado seguirle y vivir de su vida, a través de nosotros Cristo quiere acercarse a los hombres y rescatarlos del desierto para llevarlos al oasis de su Vida.

Estamos llamados a ser “misioneros de la fe”. Quizá, la pregunta surja inmediatamente: ¿qué tenemos que hacer para serlo? La respuesta es también inmediata: creer en Jesucristo. Hoy los hombres, lo mismo que la Samaritana o Zaqueo, necesitan acercarse a Jesucristo. Habrá que hacerlo de una manera directa, como el mismo Señor lo hizo con Zaqueo, “baja de ahí que quiero entrar en tu casa”. O habrá que hacerlo como lo hizo con la Samaritana, entablando una conversación con ella como si el necesitado de agua para quitar la sed fuese Él, pero llevándola en aquel diálogo de tal manera a que se diese cuenta que era ella la que tenía necesidad de agua viva y de acercarse a quien era el manantial del agua viva, que era Él mismo. El “misionero de la fe” tiene que ser alguien que sienta de nuevo el gusto por alimentarse de la Palabra de Dios, tal y como la Iglesia la transmite, y del Pan de vida que es sustento verdadero para todos los hombres. Todo ello nos va a llevar a vivir un compromiso cada día más fuerte por la nueva evangelización y sacar de estos alimentos fuerza y vigor para realizarla con el Amor de quien nos ama y nos da el fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que siendo insignificantes sin embargo difundieron el Evangelio por el mundo conocido de entonces.

“Misioneros de la fe” para renovar la humanidad. Y esto solamente se puede hacer llevando el Evangelio, la Buena Noticia, a todos los ambientes de la humanidad. Los “misioneros de la fe” tienen un trabajo excepcional, como es entregar la Buena Noticia para que surjan los hombres nuevos. Hombres y mujeres que tengan la novedad del Bautismo. Hombres y mujeres que viven la vida con el argumento, la fuerza y la novedad del Evangelio. Hay que hacer un cambio interior y profundo del ser humano, que alcance las raíces del mismo, que supone una conversión de la conciencia personal y colectiva, del modo de realizar la actividad en la que ellos están comprometidos. Hay que hacerles llegar la vida de Cristo. Se trata, como nos dice la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, de “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuerzas inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19).

¡Qué responsabilidad hemos de sentir en lo más hondo de nuestro corazón cuando acogemos algunas palabras del Beato Juan Pablo II y del Concilio Vaticano II! Refiriéndose a los Obispos se nos dice: ellos “han sido consagrados no sólo para una Diócesis, sino para la salvación de todo el mundo” (RM 63), “mensajeros de la fe, que llevan nuevos discípulos a Cristo”…y hacen “visible el espíritu y el celo misionero del Pueblo de Dios, para que toda la Diócesis se haga misionera” (Ad gentes, 20 y 28). Por ello, para mí y para todos vosotros, los sacerdotes, el mandato que el Señor nos ha dado de predicar el Evangelio no se agota en la atención a la Diócesis que se nos ha confiado o simplemente en el envío de algún sacerdote a tierras de misión, nos debe implicar este mandato en todas las actividades de la Iglesia local, pero organizadas por quien tiene la misión en la misma. No puede cada uno hacer su misión. La misión “ad gentes” hay que hacerla en comunión y de acuerdo con la vida, los planes y la organización de la Iglesia local. Esta dimensión es fundamental del ser de la Iglesia. La misión “ad gentes” debe ser horizonte y señal de todas las actividades de la Iglesia. El afán de predicar a Cristo tiene que estar en el corazón de todos los creyentes.

“Misioneros de la fe”. La fe, la adhesión a Jesucristo, nos impulsa inmediatamente al anuncio. ¿No recordáis lo que le sucedió a la Samaritana? Cuando descubre que es el Señor quien quita la sed verdadera que tiene el ser humano, sale corriendo al pueblo a decírselo a la gente. Pero es necesaria la fe. Sin ella no es posible el anuncio. Recuerdo aquellas palabras que el Papa Pablo VI nos decía en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi: “El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros” (EN 41). Es cierto, todos tenemos experiencia viva de que los hombres y mujeres de nuestro tiempo creen más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías. Y es que el testimonio cristiano es el primer e insustituible camino para la misión. El punto central de nuestro anuncio tiene que seguir siendo el mismo, el kerigma de Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo, el amor absoluto de Dios por los hombres que culmina con el envío de su Hijo Jesucristo. Y el anuncio, necesariamente, tiene que transformarse en caridad, entregar la riqueza más grande que tiene mi vida, algo que nace de la fuerza que tiene el saber que es Cristo quien vive en mí. Doy lo mejor que tengo. Y esto explica que existan sacerdotes, miembros de la vida consagrada, familias, que se lancen por el mundo a compartir con los demás lo que tienen como el tesoro más grande: Jesucristo.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia