La educación y la crisis antropológica

La semana pasada comencé una reflexión sobre la oferta que debemos hacer los cristianos ante la emergencia más grave que padecemos, como es la que ha llamado el Papa Benedicto XVI la “gran emergencia educativa”. Y es cierto, el problema educativo constituye una emergencia porque va directamente al núcleo donde se elaboran las líneas maestras por donde tiene que ir caminando el ser humano: el sentido mismo del hombre y de nuestra civilización. ¡Qué difícil resulta educar cuando no se tiene un modelo de hombre! Por eso, la “gran emergencia educativa” lo es porque expresa un problema profundo, el de más calado, como es la crisis antropológica, la agonía que manifiesta el ser humano al no regalarle gratuitamente un modelo de hombre.

El Papa Benedicto XVI sitúa la “gran emergencia educativa” en la gran crisis de modelo de hombre que se manifiesta en nuestra cultura, y nos dice con fuerza que tengamos la valentía de llegar a las raíces profundas en las que se origina esta emergencia. ¿Sabremos llegar a las raíces que provocan la quiebra, la ruptura, el desmantelamiento de la persona? ¿Llegaremos a las raíces de la crisis antropológica para descubrir que la educación constituye uno de los puntos donde más se manifiesta esta crisis? Hemos de tener la valentía de repensar la educación, pero ello significa tener, también, la valentía de repensar al hombre: su naturaleza, su misterio, su identidad, su autonomía, su libertad, su necesidad de amar y de ser amado, su trascendencia y su referencia a Dios. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero nunca ha sido fácil educar. Es cierto que este momento histórico en el que estamos es muy complejo. De ello tienen conocimiento los padres y los educadores. Pero éste es nuestro tiempo. Hemos de vivir con la seguridad de que, como siempre, Dios lo ama con amor entrañable y quiere entregarle la luz que su Hijo Jesucristo da al hombre. En estos momentos en que hay una atmósfera, una mentalidad y una forma de cultura que llegan a dudar del valor de la persona humana, del significado de la verdad y del bien, también advertimos con fuerza que existe una sed generalizada de certezas y de valores.

Cuando no se tiene claro lo que es el hombre, no es extraño que crezca un credo en todos los quehaceres de nuestra sociedad, como es el relativismo, también en los ámbitos de la educación. El relativismo es un credo destructor: falta o no importa tener la luz de la verdad o buscarla; llega a considerarse que hablar de la verdad es un modo de ejercer el autoritarismo; se llega a dudar de si es un bien ser hombre o vivir. Cuando se instala el relativismo, nos invade la insatisfacción y el vacío existencial. Hemos de decir que la crisis de la verdad enraizada en una crisis de fe hace difícil la educación. Por eso, la falta de luz que ilumine al hombre todos los recovecos de su vida y las sombras que invaden su existencia –y que le llevan a no plantearse las preguntas fundamentales, quién es y dónde va–, junto a la desconfianza en la que le instala su soledad, nutren la crisis de la educación. Estas situaciones no pueden dejarnos indiferentes. Hemos de salir a su paso y hacer otra oferta, como es proponer a Jesucristo como el verdadero Hombre, el que ha revelado y descrito todas las medidas que tiene que tener el ser humano.

Hay algo que está provocando la “gran emergencia educativa” y que es necesario desenmascarar: el falso concepto de autonomía del hombre, que entre otras cosas propugna que el ser humano debe desarrollarse por sí mismo, sin imposiciones de otros. En este falso concepto se incluye el prescindir de Dios, que no tiene que estar presente en nada y, si lo está, es una cuestión privada que para nada tiene que afectar a la construcción de la ciudad terrena. Las consecuencias que tiene esta posición son graves: hacer hombres prisioneros de sus propios gustos y de sus instintos, sin criterios o con aquellos que le vienen impuestos por el que más fuerza tenga, sin referencias y sin convicciones. ¿No os parece esto grave? Es necesario superar esta idea falsa de que el hombre es como un yo completo en sí mismo. Urge mostrar lo que nos revela Jesucristo: que llegamos a ser yo en el encuentro con el Tú, que para nosotros es el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo y con los otros. La autonomía no es cerrarse en sí mismo. Al contrario, se llega a ella en la apertura y en la referencia a quien nos puede desvelar quiénes somos y qué es lo que tenemos que hacer para ser más y hacer posible que quien esté a nuestro lado se desarrolle más. Cuando nos entendemos como Dios mismo nos entendió, “somos imagen y semejanza de Dios”, descubrimos que constitutivamente somos para la comunión con Dios y con los demás.

No se puede educar desde una manera de entender al hombre que excluye dos fuentes que orientan su camino: la naturaleza y la revelación. Negada su naturaleza, el ser humano es una realidad puramente mecánica y por tanto sin ningún imperativo moral y sin una escala de valores. ¿Es esto es el ser humano? Ciertamente no. Por otra parte, al ser humano le ha hablado Dios y, últimamente, ha sido Dios mismo que haciéndose Hombre le ha mostrado el rostro de Dios y el rostro que tiene que tener el hombre. Cuando se excluyen estas fuentes, todo tiende a considerarse indiferente y, por tanto, provoca un clima permisivo. El indiferente no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas. ¿A dónde vamos así? Entre otras cosas al vacío y a la disolución de la persona. ¿Podemos dejar al ser humano a merced de lo vano y superficial, de lo relativo y fragmentado, de lo aparente y provisional? No. Es necesario tener el mismo gesto de Jesús que “recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo” (Mt 4, 23). Hay que curar, hay que sanar, hay que eliminar las dolencias del ser humano que llegan a su vida cuando es vaciado de su verdad. Aproximar a los hombres a Jesucristo para que entiendan quiénes son y todas las dimensiones desde las que tienen que vivir, es todo un proyecto para eliminar la “gran emergencia educativa” que nos invade.

Cuando hemos conocido a Jesucristo y cuando Él nos ha dado su propia vida por el Bautismo, sentimos como una necesidad especial de hacer verdad en nuestra vida aquellas palabras que nos dice y que, estoy seguro, son esenciales para curar la “gran emergencia”: “vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 13-16).

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia